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¿Se está apagando la estrella de Mariano Rajoy?

El actual presidente en funciones necesita un golpe de efecto para romper la telaraña que Rivera y Sánchez han tejido a su alrededor, un gesto que le haga recuperar la iniciativa

Después de que Felipe González volviera a insinuar por enésima vez que el PSOE debería facilitar la investidura de Mariano Rajoy, el portavoz socialista en el Senado, Óscar López, cortó en seco el debate a primera hora de la mañana en una entrevista en la SER: "Votaremos no a Rajoy". Pocas horas después comparecía Albert Rivera para confirmar que ellos no se moverán de la abstención y que la llave ahora la tiene el PSOE. Los días pasan, pero la música sigue siendo la misma. Nadie parece dispuesto a dar el paso que desbloquearía la situación, que en realidad podrían ser tres: que el PP renuncie a Mariano Rajoy, que Ciudadanos pase de la abstención al sí, y que el PSOE pase del no a la abstención.

Ya sabemos que Rajoy no tiene ninguna intención de ofrecer su cabeza en el altar de la gobernabilidad. Por él mismo y por el partido, que no está preparado para un relevo exprés como el que protagonizó Artur Mas al frente de la Generalitat. "Rajoy no es Mas", recordaban desde el PP tras el famoso paso al lado del ex presidente catalán.

El problema de Rajoy es que en el otro lado tiene a dos políticos que, por una mezcla de motivos personales y tácticos, lo quieren fuera del escenario, y, si no pueden, al menos tan debilitado como sea posible. Tanto Sánchez como Rivera quieren cobrarse ahora la factura de la investidura fracasada del pasado marzo, cuando su entendimiento fue menospreciado por los populares. Su plan pasa por empujar a Rajoy a una investidura agónica, en el último minuto, y después hacerle pasar un calvario que acabe con un relevo al frente del PP lo antes posible y nuevas elecciones en uno o dos años.

Tanto Sánchez como Rivera quieren cobrarse ahora la factura de la investidura fracasada del pasado marzo, cuando su entendimiento fue menospreciado por los populares

Enfrente, sin embargo, tienen a un auténtico monstruo político. Nunca nadie ha conseguido derrotar a Rajoy, un dirigente que ha conseguido flotar en medio de las peores tormentas imaginables (Prestige, Gürtel, Bárcenas...) con la única arma de una fe inquebrantable en sí mismo. Así lo escribe Antón Losada en el imprescindible Código Mariano: "Ganar tiempo es hacer política y en este difícil arte Mariano Rajoy ha demostrado ser un maestro consumado. La política necesita ganar tiempo a la realidad para poderla gestionar en las mejores condiciones posibles. Querer no es poder. Poder es tener tiempo para querer. El marianismo siempre tiene la misma prioridad: ganar tiempo para ganar poder".

Por eso lo que viene ahora es una auténtica guerra psicológica que sólo ganará quien mantenga unos nervios de acero. Rajoy confía en su potencia de fuego mediática (especialmente cuenta con la presión de El País y los barones socialistas, contra los que Sánchez está demostrando una gran capacidad de resistencia) y en el espantajo de unas terceras elecciones para obtener la investidura a finales de agosto. De momento, sin embargo, no le está saliendo bien. Previsiblemente, esta semana constatará que está igual de solo que después del 20-D, a pesar de los 14 diputados de más.

Víctima de su estrategia

En este contexto, Rajoy podría ser ahora víctima de su estrategia favorita para deshacerse de los rivales: una cocción lenta que es tan desesperante como efectiva. El actual presidente en funciones necesita un golpe de efecto para romper la telaraña que Rivera y Sánchez han tejido a su alrededor, un gesto que le haga recuperar la iniciativa, si no quiere que su estrella comience a apagarse antes de tiempo. Y es aquí donde el PP, pase lo que pase, debería empezar a pensar en un recambio para el político gallego. El nuevo líder popular tiene que ser alguien que no provoque tanta animadversión entre los contrincantes políticos -y, sobre todo, entre sus electorados- como Rajoy y Aznar. En un futuro de multipartidismo será tan importante convencer a los propios como tener capacidad de negociación y pacto, dos virtudes inexistentes en el PP actual. La revolución política que comenzó con el 15-M, siguió con el proceso soberanista y ha desembocado en el fin del bipartidismo, llegará en algún momento a Génova. Tarde o temprano.

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