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LA OBSERVADORA

Aprender de los silencios

Los nietos y los bisnietos están preguntando lo que los hijos no se atrevían a preguntar durante décadas en muchas familias. Preferían evitar el dolor que causaba el recuerdo pendiente y temían las consecuencias de quedar señalados ideológicamente. El resultado es que un magma de silencio ha cubierto durante décadas la Guerra Civil. Los historiadores han hecho el trabajo a pesar de que la documentación no se empezó a preservar hasta mediados de los ochenta. Entonces, los recursos archivísticos estaban bajo mínimos y habían desaparecido fuentes fundamentales para entender las cosas, como los archivos de la Falange y las autoridades franquistas. La crueldad de la represión y el trauma de la guerra impusieron el silencio a muchos ciudadanos, pero 80 años después del inicio de la guerra, debemos seguir escuchándolos. Su experiencia de miedo, muerte, violencia, frustración, hambre, miseria, humillación, solidaridad, dignidad y espíritu de supervivencia es un tesoro de nuestra memoria colectiva. Salieron de entre los muertos como una multitud condenada al silencio, adaptativa, franquista o duramente reprimida. Una sociedad aterrorizada por lo que había vivido, por el mundo perdido, por las operaciones de "castigo y limpieza".

Muerto el dictador, la reconstrucción democrática se hizo sobre los cimientos del olvido. El pacto político de la Transición eligió amnesia a cambio de democracia e hizo de la justicia la principal víctima. La Transición desembocó en una Constitución de espíritu inclusivo que se ha reinterpretado de manera restrictiva con los años en cuanto a la estructura y la identidad diversa de España, y que algunos también intentan interpretar restrictivamente en cuanto a derechos y libertades. En el siglo XXI la calidad de la democracia española es baja y sólo hay que recordar que continúa en activo un ministro del PP al que hemos oído conspirando con el ex jefe de la Oficina Antifraude para perseguir con instrumentos del Estado a sus adversarios políticos manipulando la Fiscalía. En activo y sin que, por simple higiene democrática, se haya suscitado un rechazo masivo que deje de lado los partidismos. Fernández Díaz aún ejerce como ministro y con más apoyo electoral que antes del escándalo.

El general Mola había dado órdenes de eliminar "todos los que no piensen como nosotros". Y sobre esta imposición del ideario de los vencedores durante la posguerra, que nunca se ha rectificado sinceramente, se ha construido un comportamiento político: un franquismo sociológico que ha dejado una rémora de antipolítica, una dificultad para expresar ideas abiertamente, aceptar la pluralidad y marcar unos límites infranqueables en el terreno de juego del respeto democrático. Para decirlo en palabras de Paul Preston: "En España no hubo proceso de desnazificación". Los niños españoles, a diferencia de los alemanes, no han ido a los campos de concentración y han tenido que analizar y digerir los errores históricos y las responsabilidades y silencios de sus abuelos.

Preston, que conoce muy bien España, habla también de constantes en su historia: "Corrupción, ineficiencia de la clase política y violencia social". Son características que se mantienen en los dos primeros casos pero que Cataluña, de manera ejemplar en el proceso soberanista, ha sabido desterrar en el caso del tercer componente. No podemos olvidar que la pertenencia a la Unión Europea es un factor moderador del ejercicio del poder en España.

El ARA pidió ayuda a los lectores y éstos respondieron con entusiasmo. El domingo 17 de julio publicamos algunas historias que muchos nos enviaron. Os estamos profundamente agradecidos. Historias como la de Montserrat Canet, una chica que justo antes de comenzar la guerra escribía: "Dios haga que no pase nada. Si tiene que pasar, que empiece mañana, a la luz del día, cuando no da tanto miedo como de noche, en medio de las tinieblas". Jaume Valor recuerda en sus escritos como en la plaza Cataluña había camiones militares que daban pan, "pero tenías que levantar el brazo y gritar ‘¡Viva Franco, arriba España!’, y no he sido capaz". Son historias de hambre, represión, bombardeos, miedo, pero también momentos de infancia feliz. Eulalia Blanch a los 89 años revive "cada momento de la guerra como si fuera ahora". Cómo buscaban cobijo durante los bombardeos y bajaban al refugio: "Mi vecina y yo llevábamos la feria y las muñecas y, así, si el bombardeo duraba mucho, podíamos jugar tranquilamente". Miquel Roca y Mur explica, a través de su nieta, su vida privilegiada hasta los 8 años y la lucha posterior. Y Josefina García, con una memoria que ahora la abandona lentamente, todavía puede recordar cómo la llevaban en sidecar, vestida de domingo y con un gran lazo hecho en la sombrerería, a ver al padre militar leal a la República. Eso era antes de perder el paraíso infantil y vivir el derrumbe del que aún hoy considera su mundo. También en Francisco, que antes de morir contó a su hija que había tenido un hermano que sólo sobrevivió algunos días en la miseria, mientras su padre estaba en un campo de concentración en Argelès.

Mercè Trabal recuerda la piedra en la boca para que no explotaran los tímpanos durante los bombardeos, pero también el silencio ideológico. "Nunca me explicaron que formábamos parte del bando de los perdedores, los castigados". De hecho, los que necesitan recuperar la memoria son muy mayoritariamente los republicanos, los perdedores. Los ganadores se han reivindicado, explicó. Finalmente, todos perdieron. Algunos, dos veces. Por moderados, por católicos, por no adocenarse, por catalanistas.

Las acusaciones de moverse por ánimo de revancha aún se oyen cuando se reclama limpiar, pedir perdón, restablecer la memoria y dignidad de muchos, pacificar familias o enterrar muertos. Hacer justicia.

Recordar es importante: para no equivocarse y, sobre todo, para perder el miedo a pensar libremente.