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LA OBSERVADORA

De San Pancracio a Ítaca, pasando por Cafarnaún

La falta absoluta de definición ideológica o la traición a los principios moderados una vez abrazado el independentismo deja ERC en situación de ventaja

Escribía Santiago Rusiñol que el senyor Esteve era "serio, moderado, prudente, buen pagador y buen cobrador, y práctico: todo bien práctico". El día 12 de diciembre de 1979, tres meses antes de las elecciones, Jordi Pujol publicó un artículo titulado "San Pancracio, danos salud y trabajo". Pujol ganó las elecciones porque supo dirigirse al menestral, el pequeñoburgués, al trabajador de orden con un San Pancracio en la tienda: "No vi nunca que mis abuelos le pidieran dinero, riqueza, comodidad. Nunca le pidieron suerte. Solo salud y trabajo", escribía. Durante décadas, Jordi Pujol supo representar los valores del buen catalán que ahorraba, caminaba por la montaña, tenía "sentido de país" y votaba a Convergencia. Fueron años de gobierno, autonomía, competencias, pactos y pájaro en mano. También años de reconstrucción del país, la lengua, la cultura y el autogobierno. Pero no fue hasta el 25 de julio de 2014 que se entendió hasta qué punto Pujol era tan práctico como el senyor Esteve. Pero práctico, práctico. Los 23 años de gobierno se ponían en cuestión con una enmienda a la totalidad y los convergentes lo vivían con una mezcla de incredulidad, indignación, decepción y dignidad herida. Desde entonces, Convergencia sabía que tenía que limpiar la herencia y hacer "derecho de inventario", como decía Lionel Jospin del legado de Mitterrand. La resistencia ha sido grande y los sobresaltos han sido muchos para los convergentes de buena fe. Sospechas fundadas y juicios dilatados relacionados con la financiación irregular del partido, desfile por los juzgados de la familia Pujol...

Mas no se ha dado cuenta de que las bases de CDC ya no son las pujolistas. Que se han rejuvenecido, diversificado, feminizado, democratizado

Pero también un Gobierno que hacía frente a una crisis económica devastadora y reducía gasto y servicios intentando no romper los límites de los servicios básicos, y después, lejos de reivindicarlo, se avergonzaba. Desde el 2011 y con el liderazgo fuerte de Artur Mas, Convergencia ha hecho el camino desde el autonomismo hasta el soberanismo, ha roto la federación con Unió y ha surfeado la ola iniciada con la indignación de la sentencia de la reforma el Estatuto. Entre recortes impuestos por la realpolitik y una espesa nube de certezas y sospechas de corrupción, Convergencia tiene que hacer frente a la reconstrucción del espacio de centro catalanista. Si la convergencia pujolista iba del socialcristianismo a la socialdemocracia, la de Mas y Puigdemont ha de definir las líneas ideológicas, y no será una batalla incruenta ni por decreto.


Hiperliderazgo o jarrón chino

Mas decía en la inauguración del congreso de la refundación que el nuevo será un partido "alejado de las hiperdoctrinas y las hiperideologías". Parece claro que la máxima definición reduce el electorado potencial, pero la falta absoluta de definición ideológica o la traición a los principios moderados una vez abrazado el independentismo deja ERC en situación de ventaja. La aproximación a ERC ha diluido la singularidad ideológica, pero el pragmático abrazo a la CUP ha llevado al límite lo que las bases convergentes podían soportar, a pesar de su lealtad y disciplina. Acostumbrados a los hiperliderazgos, Mas no se ha dado cuenta de que las bases de CDC ya no son las pujolistas. Que se han rejuvenecido, diversificado, feminizado, democratizado. Que los tiempos han cambiado. Mas fue un presidente encapsulado que evitaba el debate dentro de su gobierno y ha actuado de manera similar en la conducción del congreso. A pesar de que se ha iniciado un proceso participativo, ha sido más nominal que de fondo. A pesar de tener las bases convocadas la misma semana, el ex presidente de la Generalitat presentaba en rueda de prensa antes del congreso cuál era su carta para la dirección del partido, Neus Munté. Un gesto de autoridad poco respetuoso con las bases, que demostraron que están vivas. La noche que el guión decía que tenía que votar disciplinadamente el nombre del nuevo partido, el militante se sublevó en una expresión de mal ambiente inédita. El genio del debate había salido de la lámpara y, tras los recortes, la conversión al independentismo, el escándalo Pujol, el flirteo con la CUP, el cambio de líder, las incertidumbres del proceso y las conversaciones conspirativas de Fernández Díaz sobre Germà Gordó, las bases convergentes no dijeron amén. Una Convergencia con Mas, Munté dedicada al Gobierno y un segundo nivel de dirección joven, numeroso y municipalista significa un partido dirigido por Artur Mas con Munté haciendo de rótula con el presidente Carles Puigdemont. Pocas novedades para una militancia que quiere tener algo que decir en la explosión (tan) controlada del partido.

La posibilidad de revuelta contra las élites debería haber sido advertida por la cúpula del partido. Con Mas de presidente, Munté de vicepresidenta y consejera en el Gobierno y con los nombres de Més Catalunya o Catalans Convergents, ¿quién puede creer en la verdadera refundación? ¿No habría sido más lógico primero debatir las posiciones ideológicas, abrir el organigrama a los nuevos valores del territorio, a las mujeres serias del partido y después concluir cuál debía ser el nombre? Para dar nombre a una idea, antes hay que definirla. La buena noticia para el sistema de partidos en Cataluña es que el centroderecha catalanista está vivo. Más de lo que algunos pensaban. Pero la renovación de líderes, métodos y objetivos de Convergencia es una incógnita.