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LA OBSERVADORA

De ajedrez, mus y ruleta trucada

Los cambios de posición política tras años de agresividad y aspavientos deben explicarse muy bien si se quiere evitar que los ciudadanos se los tomen como una burla

Hay momentos en que la política parece un elegante juego de ajedrez, en otros momentos es una partida de póquer, pero más a menudo es una timba de mus en un casino con olor a caliqueño o una apuesta en una ruleta trucada. Este último caso es el de la convención republicana. El casino. El partido republicano tardó en tomarse en serio la candidatura de Donald Trump, y el menosprecio cargado de superioridad de los políticos tradicionales y la avidez de espectáculo de algunos medios de comunicación han hecho el resto. La conclusión es que Trump ya es el candidato a las elecciones presidenciales de noviembre en EEUU y su discurso es un efectivo cóctel de xenofobia, mentiras, patrioterismo y vaguedades grandilocuentes. Un Sueño Americano desvanecido por el crecimiento de las desigualdades, una clase obrera blanca empobrecida y el miedo al terrorismo y al futuro han convertido al candidato republicano en una opción real para aquellos que creen que no hay nada que perder. Hay mucho que perder y Trump es un crupier de casino tramposo.

En España la política está entre el póquer y el mus. Las segundas elecciones legislativas incrementaron el apoyo al PP, pero el parlamentarismo quiere consensos y la aritmética es insuficiente para garantizar la investidura a Mariano Rajoy sin apoyos externos. La misma resistencia que le ha permitido sobrevivir con gesto impenetrable a pesar de Luis Bárcenas y Fernández Díaz es también su debilidad. Incapaz de dialogar con sus contrincantes, el líder del PP pretende ser investido sin ruido y pagando un precio político bajo. Tras años de enroque y guerra sucia, desde la sentencia del Estatut, los primeros movimientos de aproximación a los independentistas adoptan un tono de sainete. Por un lado, los votos del Partit Demòcrata Català al PP, previsiblemente a cambio de obtener grupo propio, se intentaban disimular de manera incomprensible. Se convertía así en una operación vergonzante una decisión parlamentaria defendible para la supervivencia y la relevancia política. Un grupo en el Congreso proporciona dinero, pero también una tribuna desde la que defender ideas, y eso es el Parlamento. Al menos, así lo entienden los independentistas escoceses en Westminster, que no sólo no se pierden ni una sesión parlamentaria ni una oportunidad de influir, sino que llegan tan temprano que procuran dejar sin espacio físico en los bancos a sus contrincantes políticos.

Por otra parte, esta semana también se convocaba al vicepresidente del gobierno catalán en Moncloa. Por la mañana se anunciaba a algunos periodistas un acuerdo para pasar deuda de vencimientos de la Generalidad de corto plazo a largo plazo. Pero en la reunión no se desatasca el tema y el departamento de Economía definía el encuentro en la Moncloa como "un regalo más espiritual que material".

Los cambios de posición política tras años de agresividad y aspavientos deben explicarse muy bien si se quiere evitar que los ciudadanos sientan que se burlan de ellos. Los gestos son el fondo, pero sólo con los gestos no se evita que la política parezca una partida de mus. Rajoy no ha demostrado hasta ahora dotes para el pacto, y no se improvisan.

En Cataluña hay días de partida de ajedrez y otros de tetris. Los resultados en España y la adhesión retráctil al referéndum pedirán un proceso de clarificación en Catalunya Sí Que Es Pot (CSQP). La operación de aproximación de los independentistas no ahorrará tensiones internas a la formación, que también tendrá que pasar su proceso de claridad y tensión entre las diversas familias para superar la ambigüedad, políticamente más cómoda.

A pesar de que la rapidez y el volumen de los acontecimientos hacen pensar en un casino, hay una partida de ajedrez latente. Aquellos que pensaban que la ola soberanista era una fiebre que pasaría con la recuperación de la crisis ven como el último barómetro del Centro de Estudios de Opinión indica que se incrementa el número de catalanes que quieren un estado independiente. Un 47,7% están a favor y un 42,4% lo rechazan. El movimiento de fondo se consolida aunque no supera el 50%. La mayoría sólo puede llegar con el apoyo de los ciudadanos que se aproximen racionalmente por la propuesta de un país y un futuro mejores. Está en manos de los políticos catalanes. El resultado electoral en España no aporta novedades. La política española pasará un tiempo en el enroque y en las mayorías inestables que no parecen capaces de hacer propuestas que no alimenten progresivamente la desconexión.