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Sócrates, el loco y el burquini

La revolución en el islam la harán las mujeres y los moderados

¿Burquini o biquini? El ejercicio de la libertad individual convertido en tema del verano. Bajo una apariencia tan banal como sería el uso de un mono integral que también cubre la cabeza para bañarse, la polémica creada comprende muchas de nuestras angustias y contradicciones. El país fundamentado en las divisas de la igualdad, la libertad y la fraternidad, la Francia de los derechos humanos y de la Revolución, es también una sociedad que teme por su vida y por su manera de vivir, con una política de integración que muchos creen fracasada, y con las libertades limitadas por el estado de excepción. La sociedad quiere respuestas inmediatas a la barbarie islamista y siempre hay algún político dispuesto a dar respuestas tan simbólicas como inútiles.

En Cannes en 1969 se condenaba por "ultraje al pudor" a una mujer que jugaba al ping-pong en monoquini. Este verano ahí se ha prohibido el uso del burquini. Prohibir este tipo de traje seco con capucha por motivos de seguridad no es un argumento sólido.

Es una prohibición que no es comparable al debate sobre la prohibición del niqab en edificios públicos, cuando las personas que están bajo la amplia bata negra sólo muestran los ojos, ya que no es tranquilizadora la presencia de un individuo sin identidad en un espacio público en un estado de emergencia. De hecho, así lo ha entendido el Tribunal de Estrasburgo en el caso de Francia. Sólo la rabia, mucha y comprensible pero poco útil, explica la prohibición del burquini en una democracia liberal.

Prohibir este tipo de traje seco con capucha por motivos de seguridad no es un argumento sólido

John Stuart Mill definía el progreso de la libertad en tres estadios. La libertad del individuo contra la tiranía de los gobernantes, la libertad por la igualdad de derechos en democracia y la libertad por respeto a la discrepancia y la limitación de poderes del gobierno y la sociedad civil sobre los individuos. Es decir, el respeto al derecho de las minorías. En Sobre la libertad Stuart Mill escribía: "Es preferible Sócrates insatisfecho que un loco satisfecho". Limitar la manera de vestirse en una playa sólo beneficia al loco que lo utilice para argumentar sobre la represión de sus ideas, estas sí, fundamentalistas. Ideas que no se basan en el Corán sino en el control del poder y la sumisión de las mujeres.

Una joven francesa de religión musulmana se quejaba en Le Monde de que con la prohibición "quieren que seamos invisibles". ¿Es preferible colectivamente que las mujeres musulmanas francesas más estrictas dejen de ir a la playa en un ambiente liberal? Mientras tanto, las saudíes van al Hotel Carlton, de capital qatarí, con el niqab, donde encuentran comida halal.

El islam vive una guerra entre el progreso y el oscurantismo. Una batalla por el poder que quiere imponer una visión del mundo oscura y excluyente para las mujeres. El terrorismo islamista provoca el terror en Europa, pero el 87% de los atentados yihadistas desde el 2000 se han cometido en países de mayoría musulmana. Sólo hay que ver las imágenes de liberación de hombres y mujeres de Manbiy, al norte de Siria, cuando la semana pasada fueron liberados del EI.

La revolución en el islam la harán las mujeres y los moderados. Las mujeres que quieren tener voz, voto, libertad y relaciones, los chicos iraníes que utilizan las redes sociales y se fotografían con velo y las saudíes que utilizan masivamente el Snapchat, lo que convierte a su país en el segundo del mundo en número de usuarios. ¿El Snapchat por qué? Las imágenes desaparecen en diez segundos. De hecho, hará más la caída del precio del petróleo y el Snapchat por la democratización saudí y la libertad de sus mujeres que cualquier prohibición en Europa.

No se defenderá mejor los derechos de las mujeres prohibiendo su manera de vestir (libre o inducida), será con políticas de igualdad y luchando 

El burquini es en algunos casos una provocación al resto de mujeres y quizás en algunos otros un acto de libertad, pero en la mayoría es un acto de sumisión al poder patriarcal que sólo se rompe con la libertad de elegir. Una libertad que en nuestras democracias no podemos imponer sino garantizar. Tenemos que aceptar el desafío y ayudar a los moderados, instarles a alzar la voz. "¿Invisibles?" ¿Llevando el burquini? No es mostrando el propio cuerpo sino avergonzándose y tapándolo como se acepta la mirada del otro sobre la mujer como un simple objeto sexual, como se acepta la sumisión y la propiedad. Miles de jóvenes con burquini en las playas y en las clases de natación. Ni una sin ir a clase de biología o gimnasia, ni una chica casada bajo coerción paterna. Ni una sin derecho a moverse sola y en libertad en nuestra sociedad.

Como ocurre con las familias, todas las mujeres felices se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera. No se defenderá mejor los derechos de las mujeres prohibiendo su manera de vestir (libre o inducida), será con políticas de igualdad y luchando por el trabajo que queda por hacer en nuestra sociedad. En España votaron por primera vez en 1933 y se abrió un largo paréntesis; en Francia se derogó en 2010 la ley de 1800 que prohibía a las mujeres llevar pantalones, desafiada por dos diputadas en 1970 en la Asamblea Nacional.

A las actuales generaciones no les sirve poner énfasis en lo que se ha avanzado sino que ven cada día ante sí lo que queda por hacer para tener igualdad de oportunidades. Lo ve la alta ejecutiva de banca a la que un consejero hace el gesto de darle el abrigo antes de darse cuenta de su propio gesto. Lo siente cualquier mujer con responsabilidades cuando el "bonita" acompaña un gesto paternalista, o cuando la familiaridad incomoda a una mujer con alta autoridad política. Lo sienten las abogadas en los tribunales aquí y en EEUU. Es el caso de la National Association of Woman Lawyers, que intenta establecer un estándar de comportamiento para todos los EEUU después de una sentencia contra un abogado que respondió a una colega en pleno juicio: "No me levante la voz. No es apropiado para una mujer". ¿No es para tanto? No es comparable la situación, hemos mejorado tanto, claro... De hecho, sólo es una anécdota que parezca más interesante un anillo de compromiso que una medalla olímpica o que en un artículo pretendidamente agudo un director de periódico defienda que "no es no", pero no siempre.