La cara oscura de los "gobiernos estables"

Habría que entender la estabilidad en democracia no como una herencia adquirida sino como una construcción constante de consensos democráticos reales

La estabilidad se asocia a la responsabilidad de los electores en la elección de gobernantes dispuestos a continuar con los caminos marcados como única garantía de mejora, frente a los "cantos de sirena populistas" que supuestamente podrían echar por tierra todo lo que todavía queda de pie. A los paladines de la estabilidad les desagradan los Parlamentos "ingobernables" porque consideran que generan "desconfianza" a los acreedores, a Bruselas o a las agencias de rating. La situación es paradójica: se pide un voto a los partidos tradicionales, que han sido incapaces de detener los efectos devastadores de la crisis, para asegurar la estabilidad de un orden en sociedades cada vez más polarizadas, con pobreza y precariedad por todas partes. Se pide que la representación del deterioro social se disimule en las instituciones, lo que dibuja una inquietante tensión entre estabilidad y democracia. Veamos los orígenes.

En los sistemas democráticos existe una "institucionalización" de la estabilidad: leyes D'Hondt, umbral electoral del 5% en Alemania o el sistema electoral británico, que ha permitido a Cameron obtener la mayoría absoluta con poco más de un tercio de los votos. Desde las teorías dominantes de la ciencia política a menudo se desprecian estas contradicciones argumentando que la fortaleza de una democracia radica en la estabilidad que produce un sistema de partidos sólido, afirmando que la proporcionalidad de un sistema electoral tiene que estar supeditada a la creación de gobiernos fuertes. Esto fortalece el sistema, sí, pero también facilita la reproducción de élites, lo que hace muy difícil que cualquier alternativa democrática a este sistema pueda germinar. La institucionalización de la estabilidad se legitima en la norma literal y también en universos simbólicos compartidos por la mayoría (Constituciones, transiciones, revoluciones, etc.), para justificar su necesaria prevalencia en el tiempo. Este trasfondo simbólico es cultivado con dedicación, construyendo relatos bien trabados con el objetivo de perpetuar un consenso, y así un orden que a la vez delimita un marco para el debate político (el actual enaltecimiento de la Transición y de la figura de Suárez es un buen ejemplo).

Detrás del mantra de la estabilidad se encuentran a menudo escondidos los intereses de unas élites que no son precisamente "responsables"

Sin embargo, desde la crisis de 2008 todos estos universos simbólicos compartidos se están resquebrajando, y muchos utilizan las normas como simples instrumentos del poder para combatir toda iniciativa de cambio. En este contexto, las relaciones de poder emergen crudamente, secuestrando el debate democrático y transformándolo en un debate de expertos con las cartas marcadas, y cualquier alternativa es atacada ferozmente con un argumentario del miedo, a menudo grotesco, que apela a leyes superiores o a lo que más convenga para impedir un debate sosegado. Por ejemplo, la torpe negación, atrincherándose detrás de la ley, de la realidad del soberanismo en Cataluña. O también cuando Varufakis es atacado durante las negociaciones con el Eurogrupo con argumentos más propios de tabloide sobre su estilo de vida, o las filtraciones prefabricadas vía Twitter de comentarios atribuidos a Varufakis en reuniones secretas, todo con el objetivo de convertir al representante de un gobierno electo en un personaje más propio de un reality show que de la política, para ayudar a la postre a imponer una agenda no validada democráticamente. Para más inri, los portavoces de esta estrategia, autodenominados "responsables", están salpicados por casos de corrupción (Bárcenas, Púnica, Palma Arena, EREs, Schäuble y las donaciones ilegales a la CDU), o de un cinismo insuperable (iniciativas de creación de pseudo paraísos fiscales de Juncker en Luxemburgo, o Dijsselbloem en Holanda). Todo ello nos muestra crudamente cómo detrás del mantra de la estabilidad se encuentran a menudo escondidos los intereses de unas élites que no son precisamente "responsables". Se captura así el debate político como preludio de la captura de la soberanía popular.

Para no caer en esta dinámica destructiva, habría que entender la estabilidad en democracia no como una herencia adquirida a preservar sino como una construcción constante de consensos democráticos reales: cuando una parte importante de una sociedad en crisis rechaza el statu quo, es necesario discutir y encontrar nuevos horizontes que satisfagan la voluntad de la gente, e impulsar las políticas para alcanzarlos. En este complejo proceso, ciertamente habrá inestabilidad en las instituciones, lo que no debería asustar tanto cuando hay millones de personas que viven en la precariedad más absoluta. Y eso sí que asusta.

La democracia no es exclusivamente una cuestión de eficiencia. La democracia ante todo debería reflejar fidedignamente los anhelos de las sociedades en toda su diversidad y complejidad. Olvidarse de ello es avanzar hacia sistemas tecnocráticos, hacia democracias de cartón piedra.