Regreso a la industria

El hombre tiene la capacidad de convertir cualquier cosa en una bendición o en un tormento

Una planta de producción de automoción. El debate en torno a la industria ha cobrado fuerza ante la necesidad de pensar la salida de la crisis económica. / PERE VIRGILI

Hace unos años, un eminente economista norteamericano escribía que, puesto que la agricultura representaba sólo el 6 por ciento del Producto Interior Bruto de EE.UU, uno no debía pasar más del 6 por ciento del tiempo pensando en ella. Según esa regla, muy discutible por lo demás, no deberíamos pasar más del 20 por ciento pensando en la industria, ya que ése era el peso del sector en la economía española en 2018. Por fortuna, hace un tiempo que la industria ocupa una parte creciente de nuestras preocupaciones. Hay buenas razones para ello.

La división de la economía en tres sectores, primario, secundario y terciario, es una construcción debida a Colin Clark y a Jean Fourastié, sobre la que basaron una predicción del futuro de las economías llamadas avanzadas. En su opinión, el sector secundario, centrado en la industria, iría perdiendo empleo a medida que avanzara el progreso técnico, mientras que el terciario, los servicios, un sector de escaso progreso técnico y por consiguiente de baja productividad, podría absorber empleo en cantidades ilimitadas, ya que una parte creciente de la demanda de consumo se dirigiría a los servicios, ocio, viajes, cuidados y demás. El crecimiento del peso de los servicios se veía como algo no sólo inevitable, sino incluso benéfico. En la práctica, en los grandes países industriales el empleo en la industria alcanzó su máximo hacia 1950, como consecuencia del esfuerzo de reconstrucción de la postguerra, para ir descendiendo a partir de entonces. Japón, Alemania y más tarde China fueron las grandes excepciones a la regla.

El progreso técnico, que puede utilizarse para prescindir de personal o para hacerlo más productivo, abre un horizonte de mayor libertad en la organización del trabajo

La división en tres sectores ha caído en desuso: no tiene utilidad práctica, sobre todo porque el comportamiento de esos sectores no ha seguido las pautas imaginadas por sus creadores. Por una parte, la introducción de computadores y más recientemente la digitalización ha cambiado por completo el sector de servicios, aumentando la productividad de muchas actividades a la vez que iban apareciendo excesos de personal. Por otra parte, si biendurante un tiempo se pudo pensar que la industria era fabricación, y que fabricar era sencillamente cumplir las especificaciones dadas por el diseñador, hoy se ha ido viendo que el conocimiento de los procesos de fabricación y del comportamiento de los materiales es parte integral de un buen diseño. La industria pasa de ser fabricación a ser el lugar en donde se materializan la innovación y la tecnología en general: esa fue la idea central de la industrialización japonesa después de 1945. De ahí el papel central que la industria ocupa hoy en todos los proyectos dirigidos a transformar las economías avanzadas para responder a los desafíos actuales. En el caso español, la transformación necesaria para aumentar la productividad de nuestra economía pasa por la participación en los grandes proyectos industriales europeos, que servirán de orientación al resto de las empresas y de los sectores. Esa participación no será posible, naturalmente, sin la colaboración entre empresas y Estado.

Recordemos que la industria impone una disciplina: los relojes han de marcar la misma hora tanto para el buen funcionamiento de la red de ferrocarriles como para una correcta gestión de stocks y para el rendimiento deseado de una cadena de montaje; del mismo modo, la actividad industrial exige rigor en la confección de proyectos y planes. Esa disciplina es desde luego útil, pero no hay que ignorar su lado oscuro: tiende a convertir al trabajador en servidor de la máquina, haciendo así violencia a su naturaleza. En 1848, Anthime Corbon, Vicepresidente de la Asamblea Constituyente francesa, lamentaba que el obrero se viera obligado a “sufrir las consecuencias deplorables de una necesidad embrutecedora”. Todos hemos visto imágenes de ese embrutecimiento.

El progreso técnico, que puede utilizarse para prescindir de personal o para hacerlo más productivo, abre un horizonte de mayor libertad en la organización del trabajo; quizá logremos así que se cumpla así el deseo de Corbon: “que la mecánica se encargue cada vez más de las tareas simplificadas, [y que el trabajador reciba] una enseñanza que no sólo le salve del embrutecimiento, sino que le incite a hallar el medio de mandar a la máquina en lugar de ser él mismo la máquina sometida”. Como sucede en otros muchos casos, el hombre tiene la capacidad de convertir cualquier cosa en una bendición o en un tormento. Confiemos en que el regreso de la industria sea para el bien de todos.