La inhumanidad de los humanos

La explicación quizás provenga de otro concepto de humanidad del que están excluidos quienes no lo comparten

BEGOÑA ROMÁN
BEGOÑA ROMÁN

Con el nombre “humanidad” aludimos tanto al conjunto de humanos como al valor que atribuimos a cada miembro del conjunto. Kant lo explicitó magníficamente con su imperativo categórico: “Trata la humanidad, tanto en tu persona como en la de cualquier otro, siempre como un fin en sí y nunca sólo como un mero medio”. Al ser la fuente y condición de posibilidad de la que brota el resto de valores, consideró que el valor humanidad era absoluto. Los humanos otorgamos valores dependiendo del interés que nos susciten las cosas, de la relación que mantengamos con ellas, así que éstas sólo tienen valores relativos. Por eso sentenció que “las cosas tienen precio, las personas dignidad”. La capacidad de crear valores, y en último término, de no obedecer a más normas que las que uno se ha dado, es lo que para el filósofo alemán nos dota de dignidad, algo así como el derecho a tener derechos (Arendt).

Los existencialistas añadieron la dimensión dinámica e histórica. Según Sartre, “el humano es un proyecto que se vive subjetivamente”, se caracteriza por una manera de ser y estar en el mundo y no está definido por una esencia fija y fijada. Mientras los animales vienen determinados tanto por su naturaleza ya acabada como por su obediencia al instinto (por eso son brutos), el humano se construye y pule desde su capacidad de autodeterminación. Él es el que escribe su historia, la cuenta y por eso cuenta, por ser una historia única, personal, intransferible. La posibilidad de razonar nos permite crearnos y recrear cultura y mundo. Es la libertad de pensar y hacer el origen de su poder y de su responsabilidad.

A todo ello alude la noción de ética (ethos), a la manera de ser, al carácter. La ética viene a recordarnos el deber de garantizar a cada humano el poder realizar su proyecto vital tal y como lo haya libremente decidido. También nos recuerda que en el uso de la libertad hay límites: el daño a otros es uno. Pues bien, es ese valor absoluto que es el humano, el respeto a su proyecto vital lo que se niega con el nombre “inhumanidad”. La inhumanidad anula todo eso al extralimitarse en un abuso de la libertad. Y quien da un trato inhumano se hace indigno de la humanidad en su persona. ¿Por qué alguien querría eso?

¿Qué les pasó por la cabeza a aquellos jóvenes para perpetrar tamaña decisión? ¿Obedecían? ¿Sabían? ¿Pensaban? Pero eran de los nuestros

Como el razonamiento es un gran paliativo (quien tiene un porqué soporta cualquier cómo, nos recuerda Nietzsche), queremos entender la inhumanidad, por qué alguien desea hacer tanto daño indiscriminadamente y a cuanta más gente mejor. Pero también queremos entender (sobre todo cuando los inhumanos son tan jóvenes y lo tienen todo a perder, como hemos visto en los jóvenes terroristas de Barcelona y Cambrils), por qué se hacen daño a sí mismos hasta el extremo de privarse de su propia vida.

Solemos explicar la inhumanidad como un trastorno mental, como un efecto de las drogas, como adoctrinamiento, o como abdicación de la ardua tarea que es pensar por uno mismo. Otras veces, con Honneth, explicamos los conflictos violentos como fruto del menosprecio y resentimiento que genera la falta de reconocimiento. De ese modo nos consuela pensar que si invertimos más en educación y en consolidar esferas de afecto, justicia y solidaridad, todas las personas gozarán de la necesaria autoconfianza, autorespeto y autoestima para desarrollar una vida en busca de sentido. Y nada de eso es equivocado, hemos de seguir invirtiendo en la educación para una sociedad inclusiva.

No obstante, cuando la inhumanidad viene de personas a las que no les faltó ni educación ni reconocimiento, la explicación quizás provenga de otra lógica, así como de otro concepto de humanidad del que están excluidos quienes no lo comparten. Encuentran así una gran causa por la que vale la pena morir y sobretodo matar. En ese caso, en esa otra lógica, no pierden su vida sin más, hallan un sentido que no vislumbramos los que estamos excluidos de su humanidad. Pero eso es el fundamentalismo, el estar cargado de “razones” que no hace falta razonar con los que discrepan. Al tenerlo todo tan claro, la luz es cegadora.

La duda es constitutivamente humana; cada vez que las certezas se convierten en razones para matar, debiéramos preocuparnos por nuestra humanidad al borde del abismo de la inhumanidad. En tiempos de oscuridad hay que andar a tientas; pero en tiempos de luz todavía más. Cuesta entender (y es inconsolable) qué les pasó por la cabeza a aquellos jóvenes para perpetrar tamaña decisión. ¿Obedecían? ¿Sabían? ¿Pensaban? Pero eran de los nuestros. El humano es un animal enigmático: la humanidad e inhumanidad radican (hincan la raíz) en su cabeza y manos.