Septiembre

Vuelves a llenar la copa y abres el bote de aceitunas

Vuelves a trabajar el lunes, y, hoy, en soledad, en el piso de Barcelona (la familia todavía está en el apartamento de Calella) te pones el uniforme de trabajo: los pantalones y la camisa. Te has pasado el verano con ropa "playera", que dice tu madre.

Los pantalones no te abrochan a menos que dejes de respirar para siempre. La camisa sí, pero te confiere el aspecto de una morcilla de cebolla. Dentro de esa morcilla están todos los helados, vermuts, copas de vino, perritos calientes y menús degustación que te has ido introduciendo a lo largo de agosto. Los gintonics de cada noche, los arroces, los desayunos de tenedor con 'porró' de vino.

"A partir de ahora dieta -declaras-. Se acabó: a partir de ahora verdura". Vas hacia la cocina con la ropa puesta (como penitencia y medida de conciencia). Harás verdura para comer y cenar, harás la dieta de las proteínas sin hidratos, o tal vez sólo cenarás yogur, fuera alcohol, a la hora del vermut a leer un libro y a la hora de leer un libro con un whisky a ir al gimnasio.

La nevera está vacía, sólo hay una botella de cava para empezar (la trajeron los Suñol el día que vinieron y se quedó allí). Tienes que llenarla de verdura, esa nevera, de carpaccio y de yogures. ¿Y en la despensa qué hay? Una bolsa de patatas fritas y un bote de aceitunas, pero nada más. Abres la botella de cava, te llenas una copa hasta arriba, y la guardas en la nevera. Abres la bolsa de patatas y pones unas cuantas en un tazón de color amarillo. Sorbes y comes cual roedor. Tienes que comprar atún, para hacerte ensaladas. Tienes que deshincharte como sea. Vuelves a llenarte la copa de cava, vacía, y vuelves a llenar el cuenco de patatas, vacío. Tienes que hacer dieta, te dices, mientras con la lengua tratas de sacar un fragmento de patata triturada que se te ha quedado en la muela. Comprarás lechuga, pimiento, apio. Irás al herbolario a comprar hierbas diuréticas. Vuelves a llenar la copa y abres el bote de aceitunas.