Proteger no es encerrar

Hasta donde yo sé las persones mayores no representan un peligro mayor para la sociedad

Vista de la Vía Augusta en Barcelona durante una de las franjas horarias dedicadas a personas mayores. / RUTH MARIGOT
ESTHER GIMÉNEZ SALINAS
ESTHER GIMÉNEZ-SALINAS Cátedra de Justicia Social y Restaurativa Pere Tarrés

De forma inevitable el debate sobre “encerrar para proteger” me lleva a mi propio pasado y a la defensa de convicciones profundas. Todos tenemos un punto de partida, una historia personal, un antes y un después. La mía se sitúa en 1972 cuando recién licenciada en derecho y cursando todavía estudios de psicología, entré a trabajar en el “Buen Pastor” un reformatorio de mujeres situado en la calle Císter donde hoy está CosmoCaixa.

Las niñas internadas tenían edades comprendidas entre 16 y 21 años y en su inmensa mayoría eran víctimas de una situación personal, familiar y social insostenible, pero el “Patronato de Protección de la mujer” las encerraba para protegerlas –a ellas, no a los responsables de su situación. La Ley las definía como mujeres “caídas o en riesgo de caer". Fue entonces cuando decidí que no quería que nunca ninguna institución pública "me protegiera”, en todo caso lo que debe hacer es ayudar. Mi familia dice con frecuencia que he vuelto a mis orígenes en la defensa de determinados principios.

He dedicado mucho tiempo de mi vida al estudio de los menores, llegando a idénticas conclusiones. Los niños eran privados de libertad y encerrados en centros -a pesar de que ya vivíamos en un Estado Democrático– por hechos que no eran ni siquiera constitutivos de delitos, pero para “su protección” era necesario encerrarlos. Algunos años después, logramos en 1991 (habían pasado nada más y nada menos que 13 años desde la Constitución) que el Tribunal Constitucional declarar inconstitucional el proceso penal en menores por falta de garantías. Desde entonces ni un solo menor es privado de libertad sin un proceso debido.

Desgraciadamente no ha ocurrido igual con los denominados menores en riesgo o a quienes se les declara el desamparo, que aún hoy son separados de sus familias e ingresados en un centro “para protegerlos“ sin las garantías de un proceso debido. Una vez separados, el retorno a su familia, las visitas y el contacto, devienen situaciones no solo muy difíciles sino también complejas. Poco o nada hemos sabido de la relación de estos niños con sus padres en tiempos de coronavirus.

Mujeres y niños han sido en este país los grandes abandonados de las garantías propias de un Estado de Derecho. Ahora les ha llegado el turno a los viejos, si por viejo entendemos según la nueva normativa a los mayores de 70 años.

La limitación de libertades no es solo un debate ético y moral sino también jurídico.

La vivencia del tiempo es diferente en determinadas épocas de la vida. Cuando a un niño le hablas del tiempo, un año le parece una meta inalcanzable, luego llegan muchos años donde el tiempo literalmente vuela y un año sucede a otro sin que seas capaz de percibir la diferencia. Y luego a medida que te vas haciendo mayor el tiempo vuelve a tomar otra dimensión y “un año más con vida” parafraseando a Kapucinsky, vuelve a ser una eternidad.

El gobierno ha decidido que personas mayores son aquellas que tienen más de 65 o 70 años, según los casos, y que en consecuencia hay que protegerlas con independencia de su salud, situación personal o incluso profesional. Pero es que además de 65 a 95 años por ejemplo, van nada más y nada menos que 30 años, casi un tercio de la vida, si esta esperanza se sitúa en los 90 años. Mutatis mutandis es como si consideráramos, en el otro extremo, que la franja de edad de la infancia debería ser de 0 a 30 años.

Aquí como en muchos otros países se ha abierto el debate sobre encerrar a los mayores de 70 años, por no hablar de la más que deplorable historia de las residencias donde las persones mayores ingresadas están todavía en situación de “arresto domiciliario". Ellos han sido las víctimas de tantos errores -no lo olvidemos-, no los causantes. De nuevo no sé a que mé recuerda…

Hasta donde yo sé las persones mayores no representan un peligro mayor para la sociedad, en el sentido de que transmitan más el virus o sean más contagiosas. Tampoco son unos descerebrados arriesgados, solo hay que ver en la franja horaria reservada, la poca gente que suele pasear. Pero vamos a separarlos, a aislarlos, como se hace con las víctimas. Protegerlos a través de un encierro más duro, es negarles incluso la libertad de decidir cómo quieren vivir. La más sensata como siempre fue Angela Merkel cuando dijo: "Encerrar a nuestros mayores para volver a la normalidad es inaceptable desde el punto de vista ético y moral".

Me gustaría que el gobierno catalán, ahora que parece que al fin podrá mandar un poco, fuera algo más calvinista o luterano como dijo hace poco Joan B. Culla, o como escribió hace unos días Xavier Bosch recordando que “en nombre de la protección no se pueden recortar libertades”. Después de siete semanas de confinamiento con comportamientos generalizados más que aceptables hay que dejar algo más las normes y creer a la responsabilidad individual. La limitación de libertades no es solo un debate ético y moral sino también jurídico.

Pero déjenme acabar con un apunte algo irónico; puestos a quitarnos hasta nos han quitado el coqueteo superficial y divertido que permite el juego de las edades y que tan poco nos gusta reconocer a las mujeres, bueno no solo a nosotras. En muchas entrevistas la gente responde que la edad es la mental no la física, para evitar ser catalogado. Hoy no te puedes escapar del grupo etario que te corresponde a riesgo de ser multado, a no ser que hagas lo que hizo mi madre. Cuando se murió nos enteramos que había falsificado su edad en el carnet de identidad y se había quitado unos pocos años. Si yo hoy pudiera haría lo mismo.