La nueva conspiración de la pólvora

Westminster es la sede de la palabra, el debate, el consenso, la contraposición de ideas apasionada

En el Palacio de Westminster ha pasado de todo. Cada época ha tenido sus alocados, pero la democracia británica se mantiene en pie. Un primer ministro, Spencer Perceval, fue asesinado allí. Un grupo de conspiradores católicos que pretendían asesinar al rey protestante Jaime I fue desarticulado cuando se descubrió la pólvora que habían escondido en el sótano y fueron juzgados por alta traición, colgados y descuartizados. Los escándalos sexuales y el consumo de drogas han llenado todo tipo de columnas de crónica parlamentaria y se han lanzado gases lacrimógenos y bolsas de harina contra el primer ministro. Sin embargo, cualquier ciudadano puede hacer cola cada miércoles para asistir a la sesión de control del gobierno. Cuando llega a la sala tapizada de verde como un tapiz de crupier escucha el intercambio vivo y gritón de los diputados. La oratoria fluida y el verbo afilado del mejor parlamentarismo del mundo. La sala es pequeña, sólo hay lugar para 427 de los 646 diputados y es muy habitual ver a parlamentarios de pie. Antes de votar, el speaker los hace salir de la sala para contarlos uno por uno cuando ha quedado vacía, vara en mano. El funcionamiento es anacrónico. En la Cámara de los Comunes domina el ruido y el color verde, y en la de los Lores, un rojo aristocrático irreal. Westminster es la sede de la palabra, el debate, el consenso, la contraposición de ideas apasionada. Es una sede de la civilización europea y ningún fanático ha podido con él. Tampoco ahora los enemigos de los valores democráticos, la tolerancia y el diálogo lo conseguirán.