Personas y proyectos

No se ha escuchado una sola solución del conflicto ni en las sesiones del PDeCat ni en las del PP

Escribo estas líneas cuando aun están en marcha los plenarios del PP y del PDECat. Ambos cónclaves ocupan la atención de los medios de comunicación estos días. Las noticias no han explicado cómo cada uno de los protagonistas aspira a resolver el conflicto que nos tiene a los catalanes ya más de ocho años atrapados en la incertidumbre. Todo lo que se ha escrito estos días ha sido una crónica de quién está con quién, de quién está contra quién, y de quién quiere ser eliminado por quién. En cada artículo había un mínimo de veinte o treinta nombres de personas. Se llama guerra de poder. Yo hace tiempo que aprendí que, en una organización, sea política o empresarial, los proyectos deben estar por encima de las personas. No se trata de quién, se trata de para qué.

Y llevamos días y días leyendo acerca del quién, pero no del para qué. ¿Y por qué? Pues porque es cada vez más y más evidente que una importante parte del conflicto que sufrimos en Catalunya es fruto de una lucha de poder: entre partidos por el poder y entre personas por el poder dentro de esos partidos. Esto se ha tapado con el demagógico discurso de la libertad, el derecho a decidir y la dignidad. Siempre he defendido y sigo defendiendo que la desatención hacia muchas cuestiones catalanas viene siendo injusta desde el estado central. Estructuras, financiación, desequilibrios en la contribución autonómica, incluso defendí la consulta. Pero esas reivindicaciones, siendo legítimas, han sido utilizadas para esconder corrupción y perpetuarse en el poder. El conflicto catalán ha sido una fuente de votos para el PP y para PDECat. Los congresos de esta semana evidencian una vez más que esto no va de ideas ni de proyectos ni de banderas ni de naciones. No, no. Esto va de personas, de poder. No se ha escuchado una sola propuesta de solución del conflicto estos días. Ni en las sesiones del PDeCat ni en las del PP. Cada uno a lo suyo, a lo de estos ocho años: a utilizar las emociones de la gente para seguir en el poder.