Cinco retos y un proyecto para la térmica del Besòs

El patrimonio empieza ya a entenderse no como postal de la memoria del pasado sino como catalizador de actividades de futuro

El diario británico The Guardian acaba de proponer el ranking de los 10 lugares urbanos más interesantes del mundo. Espacios como La Sucrière, en Lyon, The Spinnerei, en Leipzig, o la librería Ler Davagar, en Lisboa. Todos ellos tienen dos cosas en común: se trata de proyectos de recuperación de antiguas instalaciones industriales y ninguno tiene más de 50 años de vida.

Nunca antes había hecho falta tan poco tiempo para que una infraestructura, ya sin función productiva, fuera considerada patrimonio activo, y las centrales térmicas en desuso son hoy ya lugares que acogen usos y funciones relevantes para la ciudad. Los casos de reciclaje más exitosos han combinado el mantenimiento de los elementos físicos de la antigua instalación con nuevos usos productivos y culturales de valor añadido.

En las ciudades de esta Europa post-oil, el patrimonio empieza ya a entenderse no como postal de la memoria del pasado sino como catalizador de actividades de futuro. Hablamos así de un patrimonio inteligente ( smart heritage) que se puede activar y dinamizar a partir de proyectos concretos.

Las centrales térmicas en desuso son hoy ya lugares que acogen usos y funciones relevantes para la ciudad

Pero ¿cuales podrían ser esos proyectos para entender y plantear la térmica del Besòs como un patrimonio catalizador?

Durante los últimos cinco años, un grupo de 10 universidades europeas han dado respuesta a esta pregunta a partir de cinco workshops internacionales organizados desde el Master en Intervención y Gestión del Paisaje y el Patrimonio de la UAB y el Museo de Historia de Barcelona, MUHBA. Los resultados de ese trabajo se han enfrentado a lo que, a mi entender, son los cinco retos principales de la gestión de la térmica del Besòs como patrimonio inteligente:

Primer reto. Plantear el proyecto como el reciclaje de una infraestructura industrial con valencia patrimonial y sus paisajes de contexto y no como el programa de un edificio.

Segundo reto. Escapar a la dialéctica urbanística que distribuye equipamientos públicos, aquí, y plusvalías privadas, allá. El reciclaje de la térmica no puede saldarse con propuestas de bibliotecas y centros culturales polivalentes como en otros lugares. Pero tampoco se debería entregar al urbanismo residencial intensivo, que bien conocemos, o al del entretenimiento y el ocio masivos, que empezamos a conocer, pues ambos entienden la ciudad como una simple máquina de beneficios, algo no precisamente baladí en el sector del frente marítimo metropolitano del que hablamos.

Tercer reto. Entender la lógica en absoluto local sino de carácter metropolitano del paisaje definido por la central térmica y su entorno. Así, la térmica es la mejor oportunidad que existe a día de hoy para representar fielmente con un icono privilegiado la ciudad real metropolitana.

Cuarto reto. Evitar el tratamiento estandarizado como patrimonio industrial, representado por el gesto repetitivo del mantenimiento de una (o dos, o tres…) chimeneas, eliminando en cambio el paisaje industrial en el que se inscriben. Un gesto que amputaría los espacios aún existentes de la térmica de su memoria eléctrica.

Quinto reto. Refundar el urbanismo de los waterfronts en el que el modelo Barcelona ha tenido mucho que ver, planteando programas que vayan más lejos de la mixtura precocinada de usos residenciales y terciarios.

La térmica podría así acoger una cadena de actividades que hicieran de ese entorno un paisaje creativo y productivo: algunas de carácter colectivo y con sentido de equipamiento metropolitano; otras vinculadas a la investigación, proponiendo que, precisamente allá donde resta aún el icono del modelo energético que se agota, emerjan soluciones para la nueva ciudad low-carbon; otras a partir de usos culturales de jerarquía global, reconociendo también la valencia como destino del turismo global del waterfront metropolitano de Barcelona; y otras tantas referidas a aprovechamientos privados que deberían ir más allá del mero rendimiento del producto inmobiliario con vistas, integrando en cambio los usos residenciales en un paisaje innovador por sus usos, programas y entornos.

¿Pueden las tres chimeneas representar para el Besòs lo que el London Eye representa hay para el Enbankment de Londres?

¿Podemos imaginar un centro de alto rendimiento del agua al que también lleguen turistas desde Sitges en barco amarrando en un Besòs metropolitano con la térmica convertida en estación marítima? ¿Es posible imaginar un Grec Metropolità que invite a los territoriantes metropolitanos a gozar de las artes escénicas a 208 metros de altura, pasando antes por diferentes capas de equipamiento público desde la cota 19? ¿Pueden las tres chimeneas representar para el Besòs lo que el London Eye representa hay para el Enbankment de Londres? ¿Puede ser la térmica el nicho privilegiado para la creación de prototipos ‘smart’ y que sus aledaños entre Sant Adrià de Besòs i Badalona sean su campo de pruebas?

Todas ellas son propuestas diferentes pero complementarias que expresan una lectura inteligente del patrimonio en la ciudad metropolitana actual. Un reto apasionante que la declaración de BCIL y la aún más reciente cesión de la infraestructura ponen sobre la mesa.