Música de cazuelas

El rey se ha quitado la careta y ha negado la palabra a los catalanes que no piensan como él

El martes, después del discurso del rey, ocurrió algo maravilloso. En Barcelona, la habitual cacerolada de protesta se había adelantado una hora para coincidir con la intervención del monarca, que yo seguí con una cierta expectativa. No me gusta la idea que ese hombre representa pero le suponía un talante conciliador que quizás ayudara a aportar un relativo sosiego. Su discurso me decepcionó con una profundidad que llegó a sorprenderme, y salí al balcón.

Las cacerolas prolongaron algo más de lo normal su serenata pero no me apeteció sumarme, como otras noches. Poco a poco, los repiques disminuyeron hasta silenciarse. Excepto uno. Alguien invisible desde mi balcón continuaba golpeando su cazuela con algún objeto metálico, aunque en lugar de hacer ruido para ensordecer, en lugar de añadir estrépito, interpretaba los acordes de una tonadilla que estos días se escucha a menudo en la calle. “Els carrers seran sempre nostres”. Se trata de un rap en nueve tiempos -els-car-rers-se-ran-sem-pre-nos-tres- que entonan algunos ciudadanos casi siempre jóvenes más allá de cualquier consigna política.

Al oírlo, pensé en el silbido del sinsajo que popularizaron las películas de Los Juegos del Hambre, basadas en la obra literaria homónima de Suzanne Collins. En esa serie, el silbido del sinsajo sirve para que los “rebeldes” se comuniquen de un modo entrañable, hallando en la simple musiquilla una fuerza.

El discurso del rey me decepcionó con una profundidad que llegó a sorprenderme

Y ahí estaba mi vecino: els-car-rers-se-ran-sem-pre-nos-tres. La letra, que no debe entonarse mientras se arrea a la cazuela, recuerda la influencia que tienen las personas sobre el territorio donde viven. Y recuerda a las instituciones, los políticos y los reyes que la calle es del ciudadano. En este punto hay que confiar en la responsabilidad individual, claro. Responsabilidad que millones de catalanes han venido demostrando durante años, especialmente desde que en 2010 el Tribunal Constitucional derogara un Estatut legalmente aprobado en una maniobra que el socialista Miquel Iceta ha reconocido como más bien oscura y que sumió a esta comunidad en una “anomalía -Iceta dixit- que debería subsanarse”. Responsabilidad que continúa manifestándose en concentraciones masivas de las que lo más lamentable son los griteríos ante los lugares donde descansan los guardias civiles que aporrearon a miles de personas desarmadas hace unos días, y las molestias que algunos causan a los periodistas de medios de comunicación nacionales mientras informan en directo. Entiendo a los que protestan, las distorsiones de algunos medios están siendo abominables, pero también a los que se sienten agredidos por semejante presión: la calle puede tomarse de un modo todavía más pacífico. A él hay que aspirar.

Por ejemplo, como hacía mi vecino -els-car-rers-se-ran-sem-pre-nos-tres-, expresando con una música simbólica una opinión universalmente indiscutible que no pasa por nombres propios ni banderas, y es la que desde hace años yo mismo defiendo. Votar. Podemos entrar en matices pero una clave de todo esto radica en que el Estado español se ha empeñado en impedir que Catalunya decida dónde desea estar en el mundo, y se ha tenido que llegar a este punto para que por fin se la tome en serio. Otra clave es el respeto, que merecería un libro aparte.

Palabras agotadas

Asociar el solo nocturno de mi vecino al sinsajo también me hizo pensar en Eduardo Mendoza, que describió como “infantil” a la sociedad catalana. Mi asociación le daba toda la razón. Una parte de mi espíritu se forjó creyendo en las ideas de justicia o resistencia absorbidas en los cómics de Asterix y Obelix, en teleseries sobre El Quijote o D'Artacán, en películas como la primera saga de La Guerra de las Galaxias. Ideas que, pese a los reiterados encontronazos con la realidad adulta, he intentado mantener frescas, hallando en vecinos como los de El Cabanyal valenciano y en personas que se manifiestan una y otra y otra y otra y otra y otra y otra vez de manera pacífica, “como si fuera una fiesta” -sigo citando a Mendoza-, pese a no recibir una sola respuesta a sus democráticas demandas, hallando en ellos, decía, la demostración de que Asterix aún tiene sitio en el siglo XXI.
No soy independentista. Estoy con las personas que defienden causas que considero justas. Fui a Pakistán a investigar el asesinato de un español mientras el gobierno español se desentendía de su muerte y de la repatriación del cadáver. Escribí un libro de 600 páginas sobre España cuando el gobierno y compañía decían que el país “iba bien” pero a mi alrededor percibía una mentira espesa camuflada tras montañas de dinero. “España va bien”. Ah, las palabras.

Desde hace cinco años, los catalanes que desean un referéndum escuchan que les llaman enemigos, desnortados y locos varias veces cada día

A lo largo de este tiempo, el perverso empleo de las palabras por parte de la mayoría de grandes medios de comunicación españoles ha predispuesto a la opinión pública en contra de los catalanes de forma no tan subliminal. Cuando empezaron las manifestaciones tras la derogación del Estatut, el show mediático acordó calificar a las reivindaciones catalanas como “desafío”, “deriva” o “delirio” soberanista, si bien la Real Academia dispone de un sinfín de términos alternativos, como “demanda”, “petición”, “queja”. Pero manda el show, dividir en bandos feroces, y qué mejor, en lugar de enmendar la injusticia, que apuntillar al que piensas tu rival a base de maledicencias instituidas. Un desafío invita a vencer a tu “enemigo”. Una deriva identifica al que no sabe dónde va. Un delirio, al loco. Y desde hace cinco años, los catalanes que desean un referéndum escuchan que les llaman enemigos, desnortados y locos varias veces cada día.

Esta terminología, claro, se ha ido enquistando. Las palabras, que ya estaban en un listón de ofensa alto, han ido a todavía más, se han convertido en gritos en ocasiones rabiosos. Básicamente porque quienes debían dialogar no lo hicieron, permitiendo que los decibelios ya impidan, hoy, distinguir una barbaridad de otra. España ha sido succionada por la bronca, fiel a su Historia. Ningún signo espiritual de haber cambiado de milenio.

El rey, en el que por algún extraño motivo yo aún confiaba, se ha quitado la careta -la única que faltaba por quitar-, y ha negado la palabra -no tuvo ni una para ellos, para nosotros- a los catalanes que no piensan como él, sin entender que para miles, quizá millones de personas como yo, esto nunca ha ido de nacionalismo sino de una regeneración de España. Regeneración que a ti, Felipe, con tu infancia de coronas, sin duda no te interesa.

Els-car-rers-se-ran-sem-pre-nos-tres, interpretaba mi vecino la otra noche. Las-ca-lles-se-rán-siem-pre-nues-tras. En español son nueve tiempos también. Nueve golpes de cazuela. He soñado que esta noche salíamos todos a ventanas, terrazas, balcones, e interpretábamos ese ritmo en sincronía, en español o catalán, a la cazuela le da igual, para que unos y otros sepan que hay una partitura que une a millones de ciudadanos anónimos, un sentimiento común de justicia que persigue dotar de voz al único que la merece: tú.

Gracias vecino invisible. Esta noche tocaré junto a ti.

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