CRÓNICA

"Tenemos derecho", pero "no se puede"

300 militantes de extrema derecha, concentrados a las puertas del Palacio de Cibeles contra la conferencia de Puigdemont, Junqueras y Romeva

Reconozco que me he puesto la camisa de las grandes ocasiones. Aquella que reservas para una cita interesante: después de todo, hoy es un día especial, y mira, qué caray. A ver si la conferencia madrileña de los Tres Tenores del Proceso será uno de esos acontecimientos que marcan un antes y un después y yo saldré en la foto desaliñado.

Las expectativas son altas. Y con razón. Hace días que nos cuentan que será el golpe sobre la mesa definitivo, un ahora sí que sí, un escúcheme atentamente que sólo se lo diré una vez y, claro, todos acudimos al Palacio de Cibeles con ganas de show.

A las puertas del Ayuntamiento unos 300 simpatizantes de la Falange y otros grupos de extrema derecha se han reunido para dejar a todos bien claro que esto de la democracia son naderías. La puesta en escena es la habitual: un montón de banderas preconstitucionales, brazos alzados y los clásicos "Arriba España" con añadidos más imaginativos, del tipo "que os quede claro, cabrones". Un cordón policial les rodea, y una señora muy ofuscada dice: "Oiga, que los peligrosos no somos nosotros". Menos mal que una amiga le cuenta el motivo de tanta seguridad: "Nos ponen policía para que no los matemos cuando salgan".

Me cuesta entender el odio. Cuando lo veo tan puro y tan fuera de lugar en la cara de dos señoras que podrían ser mis abuelas. Afortunadamente, son minoría. Eso sí, muy bien organizada. Ya que se han reunido, lo aprovechan para reivindicar un poco de todo: insultan a Manuela Carmena por abrir el Ayuntamiento a "asesinos proetarras", critican la "traición masona del PP" y gritan "Refugiados no, españoles sí" mientras alguien recoge firmas para derogar la ley del aborto. De repente, alguien coge el micro y deja claras sus intenciones: "No hemos venido a hablar. Venimos buscando pelea. La unidad de España no se puede negociar".

Ni operación diálogo ni hostias. Estos lo tienen claro y yo ya tengo más que suficiente. Voy a entrar en el palacio, pero me cierran el paso. A mí y a una treintena de invitados más. "Aforo completo", nos dicen. Nos tendremos que quedar en la calle. No puede ser. Miro a mi alrededor, la gente enseña las acreditaciones como vietnamitas ante la embajada estadounidense en plena caída de Saigón. Incluso un cámara de TV3 se queda fuera. No hay nada que hacer. Desde la tragedia del Madrid Arena en la capital se toman muy en serio el respeto al aforo, ya sea en una fiesta en La Riviera o en una conferencia del presidente de la Generalitat.

A la policía no parece que le importe que yo me haya puesto la camisa de las grandes ocasiones y proceden a desalojarnos. "¡Si decimos que no se puede, no se puede, señores!" Me siento como aquel pasajero víctima del overbooking a quien hace unas semanas arrastraron fuera de un avión como un saco de patatas, pero la Policía Nacional tiene más miramientos que las azafatas de United Airlines y no estiran nadie por el pelo. Gracias. A pesar de tanta amabilidad, la chispa de la indignación no tarda en encenderse. Eso sí, una indignación a la catalana, de aquella que se desahoga con el de al lado en voz bajita: "¡Pero eso no puede ser, estamos invitados, estamos acreditados! ¡Tenemos derecho! "

"Tenemos derecho", dicen unos. "No se puede", dicen otros. Y la señora de Prosegur de la entrada rubrica: "Por mucho que insistan no podrán acceder. Las normas no las he hecho yo. Hay que respetarlas". Y por unos momentos, me pareció escuchar al mismo Mariano Rajoy.