Final de etapa

Nos invade el desánimo de ver lo que podría haber sido y que ya nunca más probablemente no será

Observo estos días un final de etapa. No sé cuál se abrirá, pero la vieja, en la que hemos participado unos cuantos, creo que se ha llegado al límite. Argumentos, tiempo y paciencia no han servido para re-encajar lo que algunos han querido descomponer: burletes socialistas, anticatalanismo popular grosero, aprovechados que nos han identificado como gamberros.
Muchos de mi generación, cada uno desde su ámbito profesional o académico, del mundo económico o de las letras, desde la arena progresista, liberal o conservadora, pero con un fuerte sentimiento de país, hemos luchado por aquel reconocimiento. Lo hemos querido hacer desde los valores de compartir, de ser reconocidos como miembros de pertenencia a una comunidad nacional primero antes que de la estatal o la europea. Nada ha servido.

Los poderes del escalón español han respondido con indiferencia, con la pasividad han intentado diluir este sentimiento, minimizarlo a través de coartar el dentro del 'régimen común'. Han hecho así incluso tabla rasa de lo que fue el pacto constitucional que distinguía nacionalidades y regiones, comunidades históricas y de nueva creación (la de Madrid, la separación de provincias como Murcia y Albacete, Andalucía por el artículo 151 a pesar del voto insuficiente de Almería, como partes del artefacto).

Hemos intentado que se reconociera que no somos españoles que vivimos en Cataluña sino catalanes que hemos vivido en España

Aquellos poderes se llaman constitucionalistas e ignoran sus contenidos. Se llaman democráticos y armónicos proporcionados y nos quieren encajar a base de golpes. Para combatirlos algunos hemos buscado hacer de puente entre Cataluña y Madrid capital del estado, ya fuera por nuestro trabajo, vecindario o amigos. Parece que nada ha servido: suficiente que les hemos dicho de la desafección, del error de las bromas sobre catalanes, del mal que hacía la persecución lingüística, del agravio de los peajes, que el déficit fiscal era también déficit social de los catalanes más pobres, la poca consideración tenida por más elevado nivel relativo de precios que saca capacidad adquisitiva de nuestras pensiones, la falta de infraestructuras en polígonos donde trabaja mucha gente, el abandono ferroviario, el injusto financiación autonómica.

Han menospreciado e infravalorado la situación, confusos por unos dossiers y resúmenes de prensa para directivos y responsables institucionales que miraban para otro lado. Estos medios se han postulado contra la política que ellos despreciaban, la propia de suyos a quien sirven, sintiéndose así legitimados a hacerla ellos mismos desde las editoriales y columnas. Nada que ver con la información ni con un mínimo de objetividad. Telas y radios 'nacionales' hace tiempo que se han alejado de un mínimo de pluralismo en tertulias, en opiniones, en informes semanales. Hace tiempo que la opinión de los catalanes es postergada aunque estos son unos medios que pagamos entre todos.

Incluso en la interpretación del mejor desenlace para cada lado, habremos pasado de la desafección al rencor, de la tolerancia al resentimiento

Muchos de mi generación hemos intentado explicar que había vida inteligente más allá de lo que reflejaban aquellos medios. Hemos puesto muchas horas gratia et amore para hacer entender a colegas que Cataluña no es la Rioja, que la voluntad de autogobierno no es igual ni se podrá nunca 'fabricar' desde el centro. Hemos luchado contra falsedades (lo que España es la nación más antigua del mundo, que la solidaridad exige sobre-nivelación financiera, que España es un país federal con casi ausencia de responsabilidad fiscal). Mirando a los ojos hemos intentado que se reconociera que no somos españoles que vivimos en Cataluña sino catalanes que hemos vivido en España. Que no somos realquilados, que queremos una casa pareada que hace medianera, con junta de vecinos, o una finca contigua independiente con asociación de propietarios que nos reconozca como tales. Que si tenemos que vivir en un piso tutelado y con servicios comunes, queremos que nos tutelen los amigos más competentes europeos, no los de siempre con la simbólica cuota catalana como adorno.

Me crean que sé de lo que hablo. He participado en grupos de trabajo del Congreso de los Diputados, en consejos asesores estatales, en comisiones reiteradas de reforma de financiación autonómica, en órganos de gobierno de reguladores financieros. He fallado, a pesar de mis esfuerzos, a hacer que responsables, colegas o amigos tuvieran los sensores bien puestos sobre nuestra realidad.

Agotado, ahora veo el inicio de otra fase. Esta está en manos de los jóvenes, con hechos y con entusiasmo, con acciones de arrebato y cordura vez. Los seixantins no nos vemos en la calle, acampando y gritando. Podemos picar peroles y hacer pronunciamientos en nuestra casa para reivindicar la dignidad. Y poco más. Nos falta juventud y sobre todo nos invade el desánimo de ver lo que podría haber sido, una buena convivencia, y que ya nunca más probablemente no será. Hoy, incluso en la interpretación del mejor desenlace para cada lado, habremos pasado de la desafección al rencor, de la tolerancia al resentimiento. Este domingo de octubre muchos ciudadanos votamos. Al menos con los pies, haciendo cola ante los colegios, con la cabeza clara, pues son muchos años de perseverancia. El resto de lo que pueda pasar, ya veremos. En estos momentos, quién sabe! Una nueva etapa, sin embargo, comienza. De eso estoy seguro.

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