Ciberacoso escolar: la punta del iceberg

Para muchos niños lo que sucede en la red es una mera extensión de un patrón de vulnerabilidad generalizada y un estilo de vida ampliamente problemático

En los últimos años hemos sido testigos de finales trágicos para menores que no han encontrado otra salida a su infierno personal, el acoso escolar. Son casos extremos, pero todos empezaron igual. Y ahora, con el último informe realizado por la Fundación ANAR, vuelven a saltar las alarmas: uno de cada cuatro casos de acoso escolar es de ciberacoso.

Desde que en los años setenta el psicólogo noruego Dan Olweus comenzara a estudiar el fenómeno del maltrato entre iguales en el ámbito escolar ha llovido mucho. La revolución tecnológica ha supuesto, entre otras muchas cosas, la aparición de un nuevo escenario de interacción, el ciberespacio, en el que las reglas del juego parece que han cambiado.

El acoso escolar se caracteriza porque se produce entre iguales, por la intención hostil de quien lo ejecuta, por la reiteración de la conducta agresiva y por el desequilibrio de poder entre víctima y perpetrador, obligados a convivir en el entorno escolar. Pero ahora internet no sólo permite traspasar los muros escolares, sino que añade nuevos elementos a la ecuación. La invisibilidad, la distancia entre víctima y agresor (especialmente la emocional), la velocidad de difusión de los contenidos y la (casi) imposibilidad de destruirlos, la amplitud de la audiencia y su naturaleza omnipresente son algunos.

Uno de cada cuatro casos de acoso escolar es de ciberacoso

La persecución se puede dar simultáneamente por diferentes canales a los que víctima, agresor y espectadores están siempre conectados mediante diferentes dispositivos, en contextos y situaciones diversas, por lo que no hay lugares seguros, ni siquiera el propio hogar. Esto no sólo promueve la conducta impulsiva y desinhibida de los perpetradores (cada vez más agresivos), sino que también facilita el rápido aislamiento de la víctima (cada vez más indefensa) y contribuye a la prolongación indefinida de su sufrimiento (cada vez más olvidado). Sin fecha de caducidad y sin escapatoria, veinticuatro horas al día, siete días a la semana. Y un día, el último, en primera página, el final trágico.

Todos los menores implicados, aunque sea como simples testigos del abuso, interiorizan modelos de relación basados en el desequilibrio de poder y normalizan el uso de la violencia para conseguirlo y mantenerlo. Niños de ocho y nueve años aprenden precozmente que "en la vida, o comes o se te comen", y quien ha sido víctima puede convertirse, sin miramientos, en verdugo más adelante (o años más tarde), y está legitimado para ello. Es la ley del más fuerte.

Pero aquí no queda la cosa. Estudios empíricos recientes evidencian que las víctimas de ciberacoso escolar presentan hasta seis veces más riesgo de sufrir otras formas de victimización digital, tales como acoso sexual, grooming o sexting, y que en la mayoría de casos se produce, además, una continuidad entre el espacio físico y el ciberespacio. El ciberacoso escolar sólo es la punta del iceberg. Es decir, que para muchos niños, niñas y adolescentes, lo que sucede en la red es una mera extensión de un patrón de vulnerabilidad generalizada y un estilo de vida ampliamente problemático.

Las víctimas de ciberacoso escolar presentan hasta seis veces más riesgo de sufrir otras formas de victimización digital

Esto es lo que debería preocuparnos más. Según el informe de la Fundación ANAR, los casos de ciberacoso sólo representan el 1,2% de todos los casos atendidos, mientras que los casos de maltrato físico, psicológico, de violencia de género o de abuso sexual infantil suponen entre cuatro y doce veces más (14,6%, 10,5%, 6,2% y 5,2%, respectivamente). De hecho, entre 2012 y 2015 el número de casos atendidos por violencia contra menores se ha duplicado, y la mitad de las víctimas sufren violencia a diario y desde hace más de un año.

Puede que los jóvenes hayan encontrado en el ciberespacio un lugar donde pueden dejar salir las pulsiones agresivas que antes reprimían, o simplemente un medio accesible y eficaz para experimentar con diferentes formas de violencia a las que están cada vez más habituados en otros contextos y perfeccionar sus técnicas.

Después de leer el informe de la Fundación ANAR, me llama la atención que, aunque los medios se han hecho eco de ello, no he visto ningún titular en la prensa de los últimos días que refleje su conclusión principal: "Preocupados por la violencia de género, el acoso escolar, la violencia ascendente (...), fenómenos muy graves que afectan a nuestros menores de edad, la sociedad se ha olvidado y, por tanto, ha invisibilizado la violencia intrafamiliar, que es la más frecuente, la más duradera y la más grave que sufren los niños y adolescentes de nuestro país". Como el lector debe de suponer, con estos modelos y patrones de crianza, lo que sería extraño es que los menores desarrollaran motivaciones y conductas prosociales. Quizá empezando por ahí podríamos evitar finales dramáticos.