La cortina de humo de la "lucha definitiva"

El nacionalismo catalán sigue teniendo hoy el mismo problema que tuvo en octubre de 2017

Carles Puigdemont en Perpignan el pasado 29 de febrero. / DAVID BORRAT
JAVIER PÉREZ ROYO
JAVIER PÉREZ ROYO Catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad de Sevilla

Me produjo una notable perplejidad el discurso de Carles Puigdemont en Perpignan, en el que animó a los más de cien mil asistentes al acto a prepararse para la “lucha definitiva” por la independencia, dando por supuesto que las circunstancias propiciaban la consecución de dicho objetivo. El momento de la independencia, vino a decir,  es ahora. El lector seguro que recuerda que, en el mes de octubre de 2017, Carles Puigdemont proclamó la independencia de Catalunya en forma de República y procedió a su suspensión casi sin solución de continuidad. La República catalana apenas tuvo un minuto de vida. Se reconocía, por un lado, que se había producido una manifestación de voluntad de los ciudadanos de Catalunya el 1 de octubre en ese sentido, pero se reconocía también que no se daban las condiciones para que dicha manifestación de voluntad pudiera hacerse efectiva. República catalana como desideratum, pero no como realidad. Esta fue la conclusión que extrajo el entonces President de la Generalitat de los acontecimientos de septiembre y octubre de 2017.

¿Está el nacionalismo catalán en condiciones de imponerle al Estado hoy la independencia de Catalunya y de obtener reconocimiento internacional?

¿Qué ha ocurrido en los dos años y medio transcurridos desde entonces para que se pueda considerar que nos encontramos ya en el momento de la “lucha definitiva” por la independencia? Si en 2017, siendo Carles Puigdemont president de la Generalitat, no consideró que el momento posterior a la celebración del referéndum, con base en el cual se hizo la proclamación de la República catalana, era un momento “definitivo”, ¿por qué considera que este sí lo es? ¿Qué ha cambiado sustancialmente en la relación entre Catalunya y el Estado para llegar a esta conclusión?¿Está el nacionalismo catalán en condiciones de imponerle al Estado hoy la independencia de Catalunya y de obtener reconocimiento internacional de dicha independencia a diferencia de lo que ocurrió en 2017? La respuesta a  este interrogante todo el mundo sabe cuál es. El nacionalismo catalán no “se ha rendido”. No es poca cosa. Pero la agenda independentista no ha avanzado lo más mínimo. No se ha dado ni un solo paso en estos dos años y medio que permita vislumbrar la proximidad de la República catalana. 

El nacionalismo catalán sigue teniendo hoy el mismo problema que tuvo en octubre de 2017: que carece de un “proyecto compartido de país” con base en el cual justificar su pretensión de constituir una República catalana. La distancia que separa a ERC y al espacio político que preside Carles Puigdemont está a la vista de todo el mundo. Está a la vista hoy más de lo que lo estuvo entre 2015 y 2017. Y desde esa distancia no se puede entablar la “lucha definitiva” por la independencia.

Esa distancia está presidiendo ya y va a presidir todavía más la competición en el interior del nacionalismo catalán en las próximas elecciones al Parlament, se celebren cuando se celebren. El momento electoral va a ser el momento de la verdad para el nacionalismo catalán. Muy lejos va a quedar el espejismo de las elecciones “plebiscitarias” de 2015 y también el de la unidad “forzada” de las elecciones del 155 convocadas por Mariano Rajoy en diciembre de 2017. 

En las próximas elecciones no va a estar en el Gobierno de la Nación la expresión reaccionara más que conservadora del nacionalismo español, que es lo que supuso el gobierno de la mayoría absoluta del PP,  sino que estará el primer “gobierno de coalición de izquierda” bajo la Constitución de 1978. Un gobierno que fue posible por la participación de todo el nacionalismo catalán en la moción de censura en 2018 y de parte del mismo en la investidura de 2019. Tanto en su origen como en su configuración actual el gobierno presidido por Pedro Sánchez no se explica sin el nacionalismo catalán.

Con este gobierno está abierta una negociación. Y sobre la naturaleza de dicha negociación así como sobre su contenido y alcance va a girar la próxima campaña electoral. La perspectiva no es la heroica de la “lucha definitiva”, sino la más prosaica del pacto que permita una convivencia democrática digna de tal nombre. 

La “lucha definitiva” es una cortina de humo, que es expresiva de desconcierto y de falta de un proyecto de gobierno. Y las elecciones están a la vuelta de la esquina.