Lengua y cultura

La nación catalana, en el tránsito hacia una nueva hegemonía popular, sólo puede ser un proceso de agregación, abierto e inclusivo

En la articulación histórica de los catalanismos, junto a las motivaciones políticas y económicas siempre se ha destacado el factor cultural. Las diversas tradiciones del catalanismo, desde la Renaixença, han incorporado siempre en su ideario la defensa de la lengua catalana y del conjunto de expresiones culturales como fundamentos de la nación. Y durante el etnocidio franquista, con las instituciones liquidadas y el sistema productivo desbaratado, cuando la supervivencia del país parecía perdida, la lengua y la cultura se convirtieron en refugio material de la conciencia del sujeto colectivo derrotado.

En los debates del Congreso de Cultura Catalana (1975-1977), la duda era cómo se podrían fortalecer la lengua y la cultura si no teníamos los instrumentos indispensables; y si se podría hacer ordenadamente el paso de las imprescindibles actitudes de resistencia a la no menos indispensable y urgente tarea de apertura, de extraversión y de ensanchamiento de registros. Había que pasar del automatismo defensivo a la afirmación renovadora. A pesar de todas las carencias y problemas, este es el salto más decisivo que ha hecho la cultura catalana en las últimas cuatro décadas. Un salto que ninguna otra cultura europea comparable, minorizada y sin estado propio, ha podido hacer. Ahora, sin embargo, para afianzar la diversidad interna y afrontar los retos de la globalización, necesitaremos el estado. Necesitamos urgentemente disponer del estado y de sus atributos en materia cultural.

El carácter electivo es la clave que diferencia el proceso catalán del carácter imperativo adoptado por los estados tradicionales

La cultura hecha en Cataluña ha ido incorporando, a fuerza de hacerse plural y compleja, los variados orígenes y adscripciones de sus habitantes. Tener estado nos deberá proporcionar los instrumentos de promoción, de accesibilidad y disponibilidad de la lengua y la cultura distintivas. Pero no nos debería hacer menos permeables a las influencias ni menos capaces de sintetizar aportaciones de todo tipo. Al contrario. El país somos todos, con el bagaje particular de cada uno. Y la nación catalana -en el tránsito hacia una nueva hegemonía popular- sólo puede ser un proceso de agregación, abierto e inclusivo, en mutación tan constante como la voluntad permanente de renovarlo. Por ello, entre muchos prescriptores sociales ya se ha asumido que el proyecto político del catalanismo no es identitario y que la cultura catalana es sustancialmente una cultura electiva y de invitación. En cualquier hipótesis política de futuro, parece bien establecido que ser o sentirse catalán es y será un derecho, no una obligación. Como hablar catalán, o formar parte de la cultura catalana. Este carácter electivo es la clave que diferencia el proceso catalán del carácter imperativo adoptado por los estados tradicionales cuando se han servido de determinados patrimonios culturales y lingüísticos para modelar, unificar e imponer sus naciones e identidades.

En el horizonte catalán de la revolución democrática en curso -contando que se mantenga el consenso cultural mayoritario y que haya el poder institucional y los recursos necesarios- se perfila una clara oportunidad de fortalecimiento de la lengua catalana como lengua distintiva y vehículo de cohesión y de identificación de la comunidad. Las políticas públicas en este ámbito tienen el reto de hacer efectiva la disponibilidad del catalán y del patrimonio cultural propio, siempre y para todos. Y, al mismo tiempo y en paralelo, garantizar su electividad. Esta electividad es un rasgo característico distintivo -y una conquista histórica- de la Cataluña nación global.

El proyecto del catalanismo ya no es el estado nación. El objetivo es la República que tiene que blindar los derechos y libertades de la ciudadanía

Los ecosistemas culturales de los estados nación son, sobre todo, sistemas de reproducción -y de dominación- dirigidos desde el estado para construir y soldar la nación. Pero la situación actual en Cataluña es la contraria: intentamos construir el estado desde la nación. En Cataluña, las viejas clases dirigentes autóctonas perdieron hace tiempo el control de la definición de la nación. Y su desplazamiento por amplios sectores de las clases medias y trabajadoras ha coincidido, lógicamente, con una redefinición del proyecto nacional (la nación en construcción). El sistema catalán de comunicación y cultura, pues, debe ser capaz de actuar más bien como un sistema de transformación, capaz de someter a crítica y poner al día la vieja tradición y de estimular y engendrar nueva tradición.

El proyecto del catalanismo ya no es el estado nación. El objetivo es la República que tiene que blindar los derechos y las libertades de la ciudadanía. Y en la etapa iniciada por dilucidar cuál será la expresión política futura de la soberanía del pueblo catalán, la cultura aparece como la mejor oportunidad de formular un modelo avanzado de ciudadanía compartida y de abrir completamente el abanico de formas de vinculación y de interpretación de la identidad nacional.