Rita, el poder total

Condensa prácticamente todas las caras de la derecha valenciana: la más rancia y conservadora, la más heterodoxa y transgresora. La más burguesa y la más popular. La más castellanizada y la más profundamente -ay- valenciana

La muerte súbita de la ex alcaldesa de Valencia, ayer en un hotel en Madrid, ha vuelto a hacer presentes todas las anécdotas más superficiales del personaje. Reincidir en los excesos verbales y gestuales, o en los aspectos más grotescos de su figura pública, puede ser muy efectista. Pero quedarse en el caloret no ayuda a entender la complejidad del personaje, ni las claves de su incontestable éxito político.

Rita Barberá, nacida en 1948 en Valencia, era hija de un destacado periodista local del Movimiento, director de periódicos como Levante y Jornada, y bisnieta de Miquel Nolla y Bruguet, un comerciante e industrial de Reus que instaló su fábrica de mosaicos de cerámica en la Huerta de Valencia. Criada en los ambientes más franquistas de Valencia, fue militante de primera hora de Alianza Popular (presumía a menudo de tener el carné número 3 del partido de Fraga en Valencia). Por origen y talante, sus raíces seguramente enlazan más con el falangismo que con el nacionalcatolicismo. Ciertamente, cuidó siempre las relaciones con la Iglesia y cultivó el catolicismo popular tanto como fue necesario, pero nunca consideró necesario ocultar demasiado su distancia con la doctrina moral de la Iglesia.

La de Rita Barberá es una figura muy característica, capaz de condensar, ella sola, prácticamente todas las caras de la derecha valenciana: la más rancia y conservadora, la más heterodoxa y, según cómo, transgresora. La más burguesa y la más popular. La más kitsch y la más posmoderna. La más castellanizada y la más profundamente -ay- valenciana. La más ideológica y la más pragmática. Todo ello convivía, en una especie de síntesis imposible, en Rita Barberá. Y la convertía en el auténtico animal político que fue.

Rita pertenecía al selecto grupo de políticos a los que se conoce por el nombre, sin necesidad de apellidos. Representada en cientos de muñecos de falla, y visitante asidua de los mercados de toda la ciudad, atraía, allí donde iba, todas las miradas. Acumuló tanto poder y se identificó tanto con la ciudad -que moldeó a su gusto- que muchos valencianos llegamos a creer que era eterna.

Ella quizás también lo creyó, pero no se relajó nunca. Ejercía el poder total en la ciudad, y trataba de no dejar espacio a la disidencia. Fue una alcaldesa profundamente activista, rodeada siempre de un grupo de aduladoras a sueldo que la acompañaban a todas partes para recibirla con aplausos fervorosos. No soportaba la discrepancia, y solía detenerse a discutir acaloradamente con cualquier peatón que le expresara una queja o reproche.

Sustantivamente, el pensamiento y la política de Rita Barberá sobre la ciudad se nutrió, sobre todo, de lo que el urbanista Josep Sorribes, en su libro sobre la alcaldesa, llamaba pensamiento vacío. Un discurso hiperbólico y superlativo sobre la Nueva Valencia y el nuevo Siglo de Oro (sic) que ella encabezaba y, aún más, encarnaba. La obsesión por llenar la ciudad de grandes eventos -desde la Copa América de vela hasta la visita del Papa- se acompañaba de operaciones muy provechosas para muchas de las grandes familias de la burguesía valenciana y para algunos recién llegados que fueron a menudo muy generosos con el PP. A su alrededor surgieron abundantes escándalos de corrupción, algunos de gran magnitud, como el de la Feria o el de Emarsa. Durante años, Rita navegó sobre la ola del boom económico.

Sin embargo, su política urbana fue en contra de los signos del tiempo. Mientras todas las ciudades europeas intentaban reducir y pacificar el tráfico, ella construyó auténticas autopistas internas que facilitan mucho la circulación en vehículo privado por toda la ciudad. Mientras en todas partes se revitalizaban los centros históricos y los barrios tradicionales, ella los abandonó en pro de la gran expansión urbanística a costa del cinturón verde de la Huerta de Valencia. Si barrios como el Carme, Russafa, Patraix y Benimaclet han revivido ha sido, en todo caso, a pesar del Ayuntamiento, y no gracias a su impulso.

Pero posiblemente el caso de que sintetiza mejor su gestión es el del Cabanyal. Un barrio popular situado junto al mar, con una intensa vida ciudadana y un gran patrimonio arquitectónico, que Rita condenó por su empeño en un proyecto, megalómano e imposible, de prolongación de la avenida Blasco Ibáñez. El resultado fue una degradación del barrio que costará de enderezar.

El exceso y la hipérbole acabaron engullendo el instinto político de Rita. Si hubiera estado en plena forma, nunca habríamos vivido en directo su decadencia, como lo hemos hecho en los últimos tiempos. Pero vale la pena mirar más allá, y más atrás, para entender el personaje y, con él, un trozo de la historia reciente de Valencia.