El 20-D: pluralismo fragmentado

Si el objetivo de Podemos es el 'sorpasso', qué mejor que forzar a los socialistas a elegir entre gran coalición y nuevas elecciones

Siempre resulta difícil interpretar el resultado de una votación. Se tiende a leer los números como expresión de una voluntad popular conjunta. Efectivamente, el domingo pasado “el pueblo” habló, pero lo que salió de las urnas tal vez no deba, o ni siquiera pueda, ser interpretado como una sola voz. Al contrario. El resultado profundamente plural de las elecciones expresa precisamente la complejidad de intereses y opiniones que existe hoy.

Tres líneas dividirán al nuevo Congreso. De los 350 miembros, 172 son atribuibles a formaciones que están claramente a la izquierda del espectro político, con el resto repartidos entre el centro y la derecha. 109 de ellos pertenecen a formaciones que se pretenden regeneradoras, frente a los 213 del erosionado bipartidismo. Y a los 69 de Podemos y sus aliados se unen otros 27 provenientes de formaciones que también reclaman el derecho a decidir frente a un bloque alternativo de 254 diputados.

Los resultados inesperadamente magros de Ciudadanos, así como su posición en Catalunya, han dejado al PSOE como único actor pivotal en las tres divisiones. Sus 90 diputados están en cualquiera de las opciones viables para garantizar la gobernabilidad y evitar la repetición electoral: una coalición de izquierdas y nacionalistas; una opción regeneradora junto a Podemos y Ciudadanos; y la alternativa de la (aparente) estabilidad apuntalando al PP. Cualquiera de estas opciones es, en teoría, factible. Pero la elección es un regalo envenenado para Sánchez.

Podemos sí se ha atrevido a realizar una interpretación inequívoca de lo sucedido el domingo, y ha leído los resultados de estas elecciones de una manera particular. Entienden Iglesias y los suyos que los 69 escaños que suman junto a En Comú Podem, Compromís y En Marea escriben “el fin del bipartidismo” en todos sus sentidos. Es por ello que han puesto sobre la mesa cinco condiciones para sentarse a hablar con quien sea, entre las cuales destaca la exigencia de un referéndum para que Catalunya decida su futuro.

Hay dos maneras de entender este órdago al PSOE. Una, la sincera. Podemos estaría priorizando el eje territorial porque pensaría que es la única manera de cerrar una coalición de izquierdas, asumiendo al mismo tiempo que los puntos que le acercan a Ciudadanos no son lo suficientemente sólidos como para forjar una unión de centro reformista. Otra, estratégica. Si el objetivo de Podemos es el sorpasso, qué mejor que forzar a los socialistas a enfrentar un dilema tan difícil como el de escoger entre gran coalición, que regalaría totalmente el marco de referencia a un Iglesias ávido de poder hablar de nuevo de la casta y explicar que se le deja fuera de una supuesta reforma constitucional, o dejar que las elecciones se repitan, convirtiéndolas en una suerte de batalla final por el dominio de la izquierda.

Por el momento, ambas razones están alineadas, dado que Podemos se considera a sí mismo como reconciliador de lo irreconciliable para todo partido estatal de izquierdas hasta hoy: la enorme divergencia de preferencias en ordenación territorial y nacional entre votantes de distintas Comunidades Autónomas. Ahora bien, si el PSOE pudiese responder buscando acercamiento de posturas sin arriesgarse a una ruptura interna, y el resto de formaciones nacionalistas entrasen al juego, Iglesias se vería obligado a retratarse, confesando si al hacer una propuesta imposible –en tanto que el PP mantiene su poder de veto en ambas cámaras– le mueve la ambición o la búsqueda de soluciones. Por suerte para él, y por desgracia para Sánchez, el socialismo ni siquiera se puede permitir considerar la apuesta.

Mientras tanto, el PP y Ciudadanos asisten con poco que decir y mucho que esperar. El segundo, con miedo, pues unas nuevas elecciones le dejarían probablemente fuera de juego; el primero, con una cierta indiferencia institucional tras haber demostrado lo sólido de su base electoral, pero desde luego con la duda personal de Rajoy sobre si su cabeza estará en el menú de un hipotético pacto.

En este juego de estrategias se entrelazan las preferencias que los votantes expresaron el pasado domingo, causa inevitable del pluralismo parlamentario al que se enfrenta el Estado en la legislatura que empieza. Tanto Albert Rivera como Pablo Iglesias se hartaron de repetir durante la campaña variantes de la frase de Adolfo Suárez “tenemos que hacer normal en las instituciones lo que ya es normal en la calle”. Ahora es el turno de todos los líderes para que, además de normal, el pluralismo no se convierta en fragmentación irresoluble.