Por qué no creo a Woody Allen

Yo fui una de las muchas personas que hace 21 años creyó a Woody Allen. Yo fui una de las muchas que se creyó la historia de que Mia Farrow no era más que una mujer despechada que había orquestado toda una sórdida historia de abusos a una menor solo para vengarse de su ex. Yo me creía la historia de que Dylan Farrow repetía una y otra vez la misma historia como si la madre se la hubiera metido en la cabeza.

Pero... ¿Qué interés puede tener una mujer de 28 años en escribir una carta en la que denuncia que su padre adoptivo la violó a los 7? ¿El dinero? No consta que el New York Times haya pagado por la publicación, y dado el cariz que están tomando las cosas, de haber sido así los abogados de Woody Allen ya habrían hecho correr el dato. ¿La notoriedad? Dylan Farrow vive en Florida de forma totalmente anónima e incluso se ha cambiado el nombre. ¿La venganza? ¿Alguien se cree de verdad que 21 años después una mujer felizmente casada organiza semejante escándalo solo porque en su día su padre abandonó a su madre para marcharse con su hermanastra?

Hoy, creo a Dylan. Porque su carta revela punto por punto el patrón que sufren casi todas las y los supervivientes de abuso sexual en la infancia: bulimia, autolesiones, tactofobia, el pánico a compartir su historia por el miedo a que les digan que mienten, o que imaginan. La revictimización de la víctima que cuando se atreve a contar lo que ha pasado es inmediatamente tachada de loca o de mentirosa.

Me dirán que Allen "no da el perfil" de abusador de niñas. ¿No? Las estadísticas reportan que el 95% de los agresores son hombres y que en el 75% de los casos el agresor es familiar o conocido de la víctima: padrastro, padre adoptivo, tío, abuelo. Muchas veces, por asco que nos dé, padre biológico. Alguien que tiene acceso al niño. No solo acceso físico, sino emocional. Alguien que puede aprovecharse del hecho de que el niño o la niña le quiere, de que confía en él. Alguien que, como cuenta Dylan a propósito de Allen, les promete el sol y la luna y las estrellas, les dice que les quiere, que son buenos chicos o chicas por consentir lo que sucede, que ese secreto que les une es algo especial y preciado, que ella es su princesita o él es su tesoro.

Y ese hombre no tiene por qué ser alcohólico, ni drogadicto, ni raruno. En la gran mayoría de los casos el abusador es un hombre socialmente respetado. El abuso infantil es mucho más frecuente de lo que se supone, y se encuentra en todos los niveles sociales.

Los expertos repiten siempre que el abusador no suele ser un sujeto aberrante, monstruoso, deformado. Al contrario, se trata de un señor respetado, buen profesional, simpático, siempre bien dispuesto, incluso durante el proceso en el que se le está investigando. Cuántos errores se han cometido por esta mascarada, cuántos niños y niñas han sido victimizados una y otra vez porque los funcionarios e incluso los psiquiatras forenses no podían creer que un señor tan "buen padre" fuera capaz de semejante barbaridad.

En el caso de Woody Allen se pusieron en juego una serie de falsas creencias que aparecen siempre que sale a la luz un caso de abusos sexuales a menores.

1) La creencia de que el niño o niña miente.

La cifra de alegaciones falsas es solamente del 8%. Un porcentaje mínimo. Sin embargo, este hecho ha dañado la credibilidad de la víctima en los casos de abuso sexual infantil.

2) La creencia de que la madre miente, en casos de disputa por custodia.

Es cierto que a veces sucede. Y este dato contó en contra de Mia Farrow. Pero también es cierto que muchas mujeres deciden divorciarse precisamente porque descubren que su marido es un abusador.

3) Cuando el niño o niña se retracta, se tiende a creer con mayor facilidad la retractación que la versión primera.

¿Por qué? Cuando en casos de persona en paradero desconocido alguien cercano a esa persona confiesa un asesinato en el primer interrogatorio y se retracta en el segundo, la policía y los jueces creen la primera versión (véase el caso de Marta del Castillo o el de Asunta). Pero, vaya, para los profesionales y la sociedad es mucho más fácil de creer la retractación y la absolución del agresor que la responsabilidad de éste en el hecho. No se pone tanto énfasis en comprobar y validar los motivos que han podido llevar al niño o niña a retractarse como el que se pone en comprobar la veracidad y fiabilidad de su relato.

Los profesionales olvidan a menudo, además, que son muchos más los falsos negativos (retractaciones falsas, por ejemplo) que los falsos positivos. Y muchos los casos, como los de Dylan Farrow, en los que la denuncia es sobreseída por falta de pruebas.

Es decir, no se dijo nunca que Allen fuera inocente. Solo se dijo que no era culpable.

¿Dylan ha arruinado las posibilidades de Allen y de Cate Blanchett de llevarse un Oscar? Casi con seguridad. ¿Dylan ha actuado desde la rabia? No lo dudo. ¿Dylan miente? Yo creo que no. Su relato es verosímil y lógico y, como he dicho, ella no gana nada sacando la historia a la luz precisamente ahora. Pero sí que ganan muchos niños y niñas y muchos adultos que viven o que han vivido la misma pesadilla. El saber que ahí fuera existe una persona que contra viento y marea no se desdice de su versión, y que ese ejemplo les puede animar a creer en sí mismos, y seguir adelante, como supervivientes.