Sant Jordi al desnudo

Estoy escribiendo esto desde un hotel en Leticia, Colombia, en el que por casualidad he encontrado una conexión wi-fi. Después, me internaré por el Amazonas trifronterizo, la parte del río que conecta Colombia, Brasil y Perú (en la selva en la que, según algunos, se supone que estaba ubicado el Macondo de Gabo) y llegaré a comunidades en las que se vive sin agua ni luz eléctrica. Lo dicho: no hay luz eléctrica, no hay agua corriente, tampoco hay demasiados muebles... de vez en cuando vez alguna camiseta del Barça, eso sí. Niños que se ponen la primera camiseta que encuentran en el tendedero porque entienden que la camiseta puede ser suya o de su hermano o del niño que se la ponga. Niños muy felices, de verdad, y lo digo sin paternalismos. La felicidad no es una cuestión de posesiones materiales, y quien la probó lo sabe.

Escribir desde aquí sobre lo que voy a hacer cuando vuelva allí me resulta francamente difícil. Cuando me marché de España mi gran problema era que mi editorial no podía o no quería o qué más da llevarme a Barcelona por Sant Jordi. Incluso si me ofrecía a pagar el viaje y la estancia, ellos no podían comprometerse a colocar mis libros. La crisis y la piratería han menguado mucho los recursos de Planeta. Para mí, entonces (y ese entonces es apenas hace ocho días) eso significaba un drama. Porque en cierto modo suponía un fracaso muy grande y el principio del fin de mi carrera. Llevaba dieciséis años yendo a Barcelona a firmar libros por Sant Jordi y nunca había faltado a mi cita anual, nevara, lloviera o hiciera sol. Vale, jamás nevó.

En mi vida ha habido momentos de semiprobreza (cuando era joven y me quedaba con la cuenta a cero a día veinte de cada mes) y de bastante prosperidad (cuando fui una superventas tras ganar el Premio Planeta) pero hace falta cambiar radicalmente de paisaje y de perspectiva para poder entender desde el corazón que a veces hay que saber despedirse de etapas por muy largas que hayan sido.

Si yo puedo entender gran parte de lo que aquí pasa es porque he leído. He leído a Jorge Amado y a Rubem Fonseca, a Guiraldes, a García Márquez, he leído "La vorágine" de Rivera, e incontables libros sobre Amazonas que me han enseñado bastante más que toda la información que me tuve que devorar antes de llegar aquí (calendarios de vacunaciones de fiebre amarilla, explicaciones sobre diferentes comunidades indígenas, rutas de llegada, comunicaciones, cambio de moneda, precauciones a seguir). De alguna manera ya había atravesado este río, en una canoa sin motor Suzuki. Conozco la historia de la zona, sabía cómo era una Victoria Regia antes de verla al natural, había escuchado los cantos de las aves de la selva en mi cabeza antes de que me despertaran cada día a las seis de la mañana. Y lo sabía porque había leído. Leer te hace viajar sin maletas.

En mi vida hay pocas cosas imprescindibles: libros, música, cine, teatro, arte, amor. Nunca he poseído un coche, ni ropa cara, ni un reloj de lujo, y los muebles de mi casa se caen a pedazos. Mi cuerpo me importa desde el momento en que lo habito, pero nunca me ha preocupado que fuera más o menos bello, y por eso hice causa de no depilarme ni seguir dietas. Siempre pensé que lo importante para mí era vivir historias y transmitir esas historias. Dar y recibir historias es dar y recibir amor, en el sentido más amplio de la palabra. Como Bryce Echenique, yo he escrito siempre para que me quieran. Leer y escribir es integrarse en una cadena de transmisión. Yo he recibido mucho desde los libros que he leído. Y desde mis libros sé que he dado mucho y desde luego, me han dado mucho. Muy en particular he recibido mucho durante estos dieciséis Sant Jordis. El año que estuve embarazada mis lectores me regalaron patucos suficientes como para calzar a veinte bebés. El año que me divorcié recibí muchas, pero muchas decenas de cartas de apoyo, algunas de las cuales conservo. Otras no fueron tan emotivas: Hubo un señor que me dejó una nota diciéndome que se ponía a mi disposición para ser mi esclavo. A lo largo de estos dieciséis años he recibido cientos de rosas y cartas. También me han regalado bombones, libros, marcapáginas, cuadernos, broches, pañuelos, jabones artesanales y, lo juro, un rizador de pestañas. Dejar de acudir me partía el corazón. Me dolía mucho, de verdad. Significaba decir adiós a una parte importante de mi vida.

En fin, la cuestión es que a pesar de que no estaré en ninguna librería, sí que estaré presente en Sant Jordi. Puedes encontrarme en la Plaza de Catalunya, en un banco. Estaré allí sentada desde las dos hasta las cuatro y a partir de las siete. Me reconocerás porque habrá alguien cantando a mi lado. Mi gran amigo (grande en muchos sentidos) Jose Luis Algar, los chicos de Suite Momo, los de Ultraplayback, Carlos Sadness, y alguno más que se apunte. Estaremos tocando en acústico. Me gustaría mucho que vinieras a verme. Si me traes un libro, te lo firmaré. Acepto también cualquier otro tipo de regalo. Es posible que el año que viene ya no esté, así que, de verdad, si tú eres uno de mis lectores agradecería mucho, pero mucho, que vinieras a verme este año. Para mí es importante. Si has sentido que te he dado algo, me gustaría que vinieses a decírmelo. No he tenido en la vida mucho más de lo que he escrito ni tampoco he podido dar mucho más que eso, así que no sé si éste será el último pero sí parece que será el Sant Jordi más desnudo. Y el más importante.