¿Fue un error crear a los perros?

No soportamos la libertad de los demás animales, no soportamos que existan para sí mismos

Días atrás, los Mossos pedían ayuda a la ciudadanía para dar con quien había tirado al mar a una perra ciega y sorda dentro de una bolsa de basura. Según la Fundación Affinity, cada día se abandonan en el Estado casi 300 perros. Mi pregunta es: ¿merecemos tenerlos?

Inteligentes, comunicativos y sociables, los perros desarrollan entre ellos, con los humanos y con otras especies profundas relaciones de amistad. Si conviven con familias humanas que les entienden y saben cuidarles, establecen lazos emocionales indestructibles. Cuando juegan, son la expresión paradigmática de la alegría. Nos hacen reír y nos hacen pensar. Nadie tiene tanta paciencia para acompañar a un enfermo, ni tanta ternura cuando estamos tristes. Son dulces y a la vez valientes, muchos de ellos han salvado vidas, e incluso han sacrificado la suya.

Deberíamos estar orgullosos de compartir la naturaleza con ellos, pero los cazamos con métodos brutales, matamos a los padres mientras están educando a los cachorros

Estas capacidades de los perros son heredadas de los lobos, animales profundamente inteligentes que viven en familias unidas por relaciones afectivas y realizan funciones esenciales en los ecosistemas. Tenemos la suerte de que en la Península Ibérica vive una subespecie, el Canis lupus signatus. Deberíamos estar orgullosos de compartir la naturaleza con ellos, pero los cazamos con métodos brutales, matamos a los padres mientras están educando a los cachorros y los expulsamos de sus territorios.

En nuestra sociedad hay odio al lobo. Pero el perro no tiene mejor suerte. A los abandonos hay que sumar los casos de maltrato y también la crueldad que se esconde en muchos negocios de cría. Cada perro maltratado expresa de nuevo el odio al lobo. Al crear al perro convertimos un animal libre y salvaje en un instrumento a nuestro servicio, ya fuera para ayudar en la caza, vigilar los rebaños o dar afecto. Nos gustan los perros porque son fieles, porque nos escuchan y obedecen, pero es su docilidad lo que les hace vulnerables. Y cuando tienen la desgracia de caer en manos de un humano que los maltrata, no tienen escapatoria, porque les hemos negado la autonomía. Dependen de que otro humano los rescate.

Las familias de lobos educan a los cachorros para hacer vida de lobos, para entender los ecosistemas donde viven, conseguir su comida y decidir de manera autónoma sobre sus vidas. Pero los perros no pueden hacerlo. Los cachorros de perros son entregados a familias humanas que los educan para convivir con nuestra especie. Decidimos por ellos sobre sus vidas, porque entendemos que existen para nosotros. Los expertos dicen que la domesticación la iniciaron los mismos lobos buscando colaboración con los humanos, pero luego los sometimos a selección artificial y empezamos a inventar razas, cada una para servir a alguna finalidad nuestra. Les arrancamos la libertad y los hicimos muy vulnerables. Ahora los perros dependen de la buena voluntad del amo que les toque.

Nuestra relación con los demás animales no es una cuestión marginal, sino que de ella depende el futuro de la humanidad

Cazar lobos y maltratar perros son dos caras del mismo problema: no soportamos la libertad de los otros animales, no soportamos que existan para sí mismos. Sólo los toleramos si los convertimos en instrumentos, que mimamos mientras nos apetece, golpeamos si no funcionan bien, y abandonamos o matamos cuando ya no los queremos.

Hemos levantado nuestra civilización sobre el dolor de los animales, sobre la explotación de los domésticos y la caza de los salvajes. Sin los animales que criamos para comer, para usarlos como vehículo de transporte o para trabajar en el campo, nunca habríamos construido ninguno de nuestros imperios. Sin extinguir especies y destruir ecosistemas, no habríamos llegado hasta los 7.000 millones de humanos. Pero este camino nos lleva ahora a la previsible catástrofe. Domesticar animales se ha convertido en una trampa mortal, porque la ganadería exige grandes cantidades de tierra y de agua, y es una de las principales emisoras de gases de efecto invernadero: producir tanta carne aumenta peligrosamente la temperatura del planeta y altera el régimen de lluvias. También eliminar especies salvajes es una trampa: desequilibra los ecosistemas y empobrece la Tierra. Cuando la ganadería persigue a los lobos, los dos males se fusionan. La solución es sencilla: los humanos no necesitamos comer carne, pero sí necesitamos ecosistemas sanos y ricos en biodiversidad, y por lo tanto necesitamos lobos. Y aún hay que añadir: la naturaleza, a los humanos, no nos necesita para nada; si no aprendemos a convivir con ella, los que saldremos perdiendo seremos nosotros.

Nuestra relación con los demás animales no es una cuestión marginal, sino que de ella depende el futuro de la humanidad. La única manera de darnos un futuro digno es aprender a valorar la vida salvaje y respetar la libertad de las otras especies.