La esperanza

Soy ciudadano de una nación que no existe, mi Galicia que no tiene dirigencia

SUSO DE TORO
Suso de Toro Escritor. Mi lengua es el gallego y mi ciudad Santiago C

La política en su sentido más hondo y radical significó mucho en mi vida, pertenezco a una generación marcada aún por los militares vencedores de una guerra contra la población de su propio país. Y a un sector generacional que apostó por cambiar esa vida que le tocaba vivir, cegados por una esperanza que nos impulsó contra un muro, pertenezco a los supervivientes de ese sector que hicieron una vida bajo el mismo estado refundado que habían combatido y conservaban restos de esperanza de cambiarlo. Arrastrando esos restos de esperanza llegamos aquí y ya es momento de que me diga a mí mismo mi situación en la vida: no me queda esperanza, la gasté toda.

España no puede cambiar, no tiene solución. Lo que nadie parece atreverse a decir es que su verdadero sustento es el Ejército, no hace falta ser historiador y basta tener la memoria de generaciones aún vivas para saber esa evidencia que todos callamos. Este Ejército, una vez eliminados los militares con sentido del deber que habían jurado y habían cumplido su lealtad al gobierno republicano legítimo, es quien fundó el “nuevo estado” del gobierno de Burgos. Y es quien dirigió la Transición al nuevo régimen político. Es un estado de entraña militar y, en consecuencia, su cultura política y social es autoritaria y basada en las relaciones amo y esclavo. En esa cultura fue educada esa población que grita o asiente al “¡a por ellos!” y enarbola su bandera rojigualda y su modelo económico es el propio de un imperio harapiento que se niega a revisarse y que es incapaz de regenerarse de la depredación, el parasitismo de la corte y la especulación. Este Reino de España es un estado cortesano y Madrid es ese agujero negro que vacía su alrededor y mantiene sometidos bajo amenaza a los países capaces de crear riqueza para vivir de su capacidad de crear.

Soy ciudadano de una nación que no existe, mi Galicia que no tiene dirigencia que le ofrezca un camino para solucionar sus problemas bajo este estado, pero ustedes, catalanes y catalanas, no están en esta situación. Hay algo que no debieran olvidar, aunque desde el estado madrileño con todos sus medios de coerción y de propaganda política y mediática quieren negarlo, la sociedad catalana no sólo es perfectamente capaz de vivir por sí misma sino que la Corte no es capaz de destruir esas sus capacidades, ni siquiera el expolio de empresas y la pretensión de cerrar fábricas y trasladarlas desde la jefatura del estado misma es capaz de anular esa capacidad creativa.

Catalunya seguirá siendo una nación sin estado que permite vivir y desarrollar sus capacidades a las personas que tienen la fortuna de nacer ahí y de acoger a otras que llegan de lugares donde no se les ofrecen esas posibilidades. No debieran olvidarlo, es un país de oportunidades y con una cultura cívica muchísimo más libre que su entorno en este reino.

Ustedes, catalanes y catalanas, pueden sentir desánimo y cansancio, es natural, pero no tienen derecho a la desesperanza. Aunque sus partidos y sus instituciones, que afrontan dificultades históricas muy serias para hacer política democrática, estén confundidas y erráticas ustedes pueden ser más fuertes porque tienen derecho a la esperanza de seguir existiendo como ese país creativo y con sentido de la libertad: su Catalunya es posible, no conseguirán liquidarla.

En este contexto histórico creo que la Diada es una obligación cívica para quien, pudiendo acudir, desea que ese país exista pese a sus odiadores, que se comportan como verdaderos enemigos violentos. Pero creo que, además, es una obligación de ciudadano y ciudadana libre consigo mismo, se trata de mantener en pie la exigencia de respeto. Se trata de respeto por uno mismo como persona con dignidad y derechos frente a un estado que, bajo el entramado de instituciones y leyes, no hay más remedio que reconocerlo como lo que es, ese mismo viejo estado de entraña autoritaria.

Nadie nos puede arrebatar el derecho a ser libres en nuestra vida íntima pero, además, ustedes pueden pisar sus calles con la cabeza bien alta y la voz clara diciendo, “soy libre, somos libres”.

Si dudan en acudir a la Diada recuerden que hay personas que no tienen un horizonte real de libertad pero ustedes sí. Defiendan sus vidas y sus libertades para ustedes mismos, los demás podremos beneficiarnos de su ejemplo de dignidad y valentía.