'Vengadores', la emoción que no se extingue

Lágrimas de emoción viendo la última película de los 'Avengers'

La emoción es un intangible, algo que pasa cuando pasa, que no puedes prever y todavía menos controlar. La emoción de cuando un verso te golpea, cuando una novela te conmueve más y más a cada página que pasas y cuando una película, al arrancar su tercio final, hace que el corazón se te acelere y los ojos se te humedezcan. Al cine de John Ford se lo acusaba de militarista, pero yo veo La legión invencible o Fuerte Apache o Corazones indomables y cuando llega el Séptimo de Caballería, cuando John Wayne salva a un soldado malherido o Henry Fonda lucha para poder sobrevivir, no es militarismo lo que detecto, sino una mirada profunda sobre el alma humana, sobre su complejidad, contradicciones, miserias y grandezas.

Pensaba en esto el otro día mientras veía Vengadores: Endgame. Hay un momento, cuando se enfila el tercio final del filme, en el que un par de lágrimas, densas y carnosas, me brotaron del ojo. No eran lágrimas de tristeza, sino de emoción. Emoción porque acababan de comparecer los buenos —estoy esquivando los espóilers— y se olía el final de esta saga tan especial, de este tipo de película río, hecha de episodios durante una década. Una experiencia fílmica singular, arriesgada, en cierto modo incluso subversiva. Un castillo de sólidos fundamentos fílmicos que sustancia la fuerza descomunal del universo Marvel. Que da fe de esta creación del universo del cómic, de la viñeta entintada y colorida, aquel universo todavía despreciado por ignorantes y talibanes.

La emoción de Vengadores es la emoción más primaria y auténtica. La emoción de ver ganar a los buenos, de ver que el imperio del daño claudica. Es la emoción de cuando veíamos a Son Goku ganando a sus archienemigos y a Musculman zurrando a los adversarios del torneo de artes marciales. Es la emoción de los dibujos animados que veíamos de pequeños. La emoción de presenciar la llegada de Willy Fog en Londres y certificar que ha cumplido la promesa de hacer la vuelta al mundo en ochenta días. La emoción de Indiana Jones venciendo a los nazis, ridiculizándolos, haciéndoles perder todas las jugadas.

En tiempos de Mourinho, la emoción era que el Barça ganara al Madrid. Que los buenos taparan la boca a los cínicos, a los mezquinos, a los que jugaban sucio y no tenían escrúpulos ni siquiera para disimular. El fútbol, como espectáculo, quemó aquellos días sus últimos cartuchos. O como mínimo así me gusta pensarlo y relatarlo. La emoción no se explica, tan solo brota. No se puede categorizar ni etiquetar. Tampoco se puede intelectualizar ni envasar al vacío. Es posible emocionarse con el cine de autor más sofisticado y con el blockbuster más tronado. Y quien diga que esto no es así, sencillamente miente. Eso no tiene nada que ver con el elitismo ni con el arte popular, ni con la alta o la baja cultura. Tiene que ver con cómo somos, cómo sentimos, con los estados vitales y emocionales que atravesamos. Y con cómo las películas nos atraviesan a nosotros.