Y Goliat aplastó a David

Ahora que la legalidad es un estorbo, la responsabilidad política una quimera y los principios parecen un engorro pretencioso, sorprende la súbita corriente de solidaridad de Reino Unido, Australia o Taiwán hacia Hong Kong, a punto de ser deglutida por China.  Aún faltan 27 años para que la ex colonia -en teoría, aún gobernada por el acuerdo de un país, dos sistemas que rigió su devolución, en 1997- sea absorbida por Pekín, pero las prisas de Xi Jinping por homogeneizar todo el territorio, como hizo con Xinjiang y Tíbet en las dos últimas décadas, le ha llevado a aprobar una draconiana Ley de Seguridad Nacional que implica la pérdida, de facto, de las libertades de la isla y amenaza con cadena perpetua a quienes se manifiesten a favor de la democracia, némesis del régimen comunista. 
China, que comienza a perder la compostura animada por el triunfalismo económico, disfrutó el momento. Aprobó la ley, elaborada en secreto, en la medianoche del martes, fecha que marca la entrega de Hong Kong. Un responsable lo calificó de “regalo de cumpleaños” para la isla. Un obsequio envenenado que incluye cargos de terrorismo, sedición y subversión para quien enarbole consignas independentistas, dañe el mobiliario público o participe en piquetes, desactivando las protestas multitudinarias que exigían democracia. La separación de poderes queda tocada de muerte -será la jefa del Ejecutivo autónomo hongkonés, fiel a Pekín, quien nombre a los jueces- y la creación de una nueva oficina de Seguridad Nacional a cargo de las fuerzas chinas implica el riesgo de que los detenidos sean enviados a los tribunales de la China continental, sin garantías jurídicas.
Boris Johnson ha anunciado tres millones de pasaportes de nacionales en el extranjero a los hongkoneses, y Scott Morrison ha dicho que Australia concederá visados de refugio. Taiwán, con la progresista Tsai Ing-wen a la cabeza, es precursora a sabiendas de ser próximo objetivo de China. Desde 2019, era destino de la oposición hongkonesa amenazada por el proyecto de ley de fugitivos que hubiera permitido transferir a China a cualquier buscado por Pekín. Esta semana, ha creado una oficina para tramitar solicitudes de asilo.
Los gestos desvelan la gravedad de la situación y también el fracaso internacional a la hora de parar los pies al gigante chino en su insistente desdén por los derechos básicos. El desmoronamiento del único oasis de libertad en territorio chino se ha precipitado aprovechando el foco mediático en la pandemia, el black live matters y procesos electorales inciertos. Las represalias adoptadas por EEUU, que ha revocado los acuerdos especiales con la ex colonia británica y aprobado sanciones, sólo confirman el final de Hong Kong como centro financiero en Asia. Su vacío lo ocupará Shanghai o Shenzhen, apuntalando así la ambición pequinesa de atraer a su territorio, bajo sus normas, a las empresas internacionales que deseen hacer negocios en Asia oriental. 

El David hongkonés, cuyas manifestaciones coparon el pasado verano tantos titulares como la represión policial, ha sido aplastado por el Goliat chino con total impunidad. La ceguera internacional, o su incapacidad para centrarse en más de un problema al mismo tiempo, no exime de responsabilidades ni riesgos. El país que intenta anular la identidad hongkonesa es el mismo que lleva a cabo un genocidio cultural- demográfico: estos días se demostró que hay una campaña de esterilización de uigures por parte de Pekín en Xinjiang. Y es el mismo que aspira a liderar el mundo ante el colapso de EEUU.